Quiero ser
Infeliz…

Nos desconcertaría escuchar tal expresión de cualquier persona,
es absurdo, diríamos; y es porque todos si anhelamos algo es el
ser felices. Es por esta razón que el discurso de las
bienaventuranzas (Lc 6,17.20-26) resuena fuertemente en nuestros
corazones. (Bienaventurados, felices o dichosos). Sin embargo,
¿en qué consiste la felicidad?, pues nos gastamos la vida
poniendo nuestra felicidad en cosas, ya sean logros alcanzados,
metas, placeres (incluso legítimos), personas, etc., con la
angustiante experiencia de que nada nos satisface plenamente,
puesto que, o se acaban o nos cansan, nos aburren.
Es cuando el salmo surge
como un oasis en el camino de quien anda perdido por el desierto:
“Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”.
Y este Señor nos presenta una idea de felicidad un tanto
contraria a la nuestra, en verdad, totalmente contradictoria,
pues dichosos son los pobres, los hambrientos, los sufridos y
los perseguidos por su nombre. Ante este anuncio de un nuevo
orden, de la real existencia cristiana, hemos de preguntarnos: ¿cómo
se concreta esto en mi vida? Nos sugiere dos maneras: primero,
acogiendo el reino como lo que es, un don, un regalo inmerecido;
sabiéndonos pobres y hambrientos ante el Amor de Dios. Reconocer
nuestra necesidad absoluta de poner en Él toda nuestra confianza,
sólo Dios basta, diría Teresa, o la tan famosa frase de
San Agustín: “Nos hiciste Señor para ti e inquieto estará el
corazón nuestro hasta que descanse en ti”, la última soledad
del hombre no la llena nada ni nadie, sólo Dios. Además,
saber que los sufrimientos y persecuciones en este mundo, si los
llevamos en Dios, son motivo de unirnos más a Él en esta vida
para gozar de su consuelo en la eterna. Esto sería la actitud
interior; mas las bienaventuranzas llevan un imperativo, un
mandato, una disposición: acoger a aquéllos que son los
preferidos de Dios. Socorrer al pobre, dar de comer al
hambriento, consolar al que llora y proclamar con firmeza la
verdad del Evangelio, aunque nos odien por su causa, de lo
contrario ¡ay de nosotros!. Estemos prontos a dar la
vida por el que necesita (no sólo de lo material), y no andemos
buscando una felicidad caduca, pasajera, pues:
Feliz el que con toda la confianza puesta en el Señor, gasta su
vida amando, haciendo felices a los otros, pues gozará ya, y
eternamente, del Reino Nuevo que el Señor nos ha preparado.
por: Arnaldo Ortíz Dominicci
Seminarista de la
Diócesis de Ponce
