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  MISA CRISMAL

Parroquia Santa María Reina en Ponce, Puerto Rico, Martes 19 de abril de 2011

(www.reginacleri.com).Ofrecemos a continuación la Homilía que Mons. Felix

Lázaro Martínez ha dirigido a la feligresía de la Diócesis de Ponce, con motivo

de la Misa Crismal, dentro de la semana mayor, la Semana Santa.

       Bienvenidos a esta celebración tan significativa, la Misa Crismal.

Los sacerdotes se reúnen con el Obispo para la celebración de esta Misa, en la que renuevan las promesas sacerdotales y se  bendicen los aceites u óleos sacros que  van a usarse  durante el presente año.

Jesús  se atribuye las palabras del profeta Isaías:   “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el  Señor me ha ungido” (Is.61,1). Estas palabras se refieren a la misión mesiánica de Jesús, caracterizada por la efusión del Espíritu sobre el Mesías,  confirmadas por el mismo Jesús: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”, dando a entender que El es el “Ungido”, a quien el Padre ha enviado para traer a los hombres la liberación de sus pecados y anunciar la Buena Nueva a los pobres y a los afligidos. El es el “Ungido”, el Mesías, el Xristós, que ha venido para proclamar el tiempo de gracia y de  misericordia.

Cada sacerdote  puede decir también, en virtud de la unción recibida el día de la ordenación sacerdotal, las palabras de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido”.

En breves  momentos  se bendecirán el óleo de los catecúmenos, el óleo de  los enfermos y el  santo Crisma. Los tres óleos que se usan en la administración de los sacramentos.

Puede decirse que la vida del cristiano está marcada por la unción de los tres óleos. En el  bautismo es ungido con el óleo de los catecúmenos y el santo Crisma. En la confirmación lo es con el Santo Crisma. Ambos sacramentos, el bautismo y la confirmación lo sellan, lo marcan, para siempre. El óleo de los enfermos se administra a los enfermos y ancianos. La unción sacerdotal tiene un significado particular. El presbítero es  ungido con el santo Crisma y ordenado sacerdote para el servicio del pueblo cristiano. 

Esta es la razón por la que se invita a los sacerdotes  a renovar las promesas que hicieron el día de su ordenación sacerdotal. Fueron ordenados sacerdotes y hechos partícipes del único y sumo sacerdocio de Cristo, al ser ungidos, para que, in persona Christi, pueda renovarse continuamente en la Iglesia, de modo incruento, bajo las especies del pan y del vino, el sacrificio cruento  del Calvario.

Decía el Papa Juan Pablo II a los sacerdotes: “Qué grande es para nosotros este día. El Jueves Santo Jesús nos convirtió en ministros de su presencia sacramental entre los hombres. Puso en nuestras manos su perdón y su misericordia y nos hizo el regalo de su sacerdocio por siempre.”

Queridos compañeros y hermanos sacerdotes,  con profunda humildad y agradecimiento, reconozcamos el don que Dios nos ha dado y  hemos recibido, no para gloria nuestra, sino para  servicio del pueblo cristiano, que mediante nuestro ministerio sacramental participa de la redención de Cristo. Grande es el don que nos ha sido dado.

Renovemos, pues, ante el pueblo fiel como testigo, las promesas del día de la ordenación sacerdotal, con el mismo o mayor entusiasmo si cabe, y con renovada generosidad.

La celebración de esta noche gira en torno a la unción. La unción marcó a Jesús, hasta el punto de ser llamado el “Ungido” por excelencia.

La misa Crismal posee una elocuencia extraordinaria, pues manifiesta el vínculo de comunión que existe entre el Obispo y los presbíteros, y los presbíteros entre sí.

      La liturgia brinda la oportunidad de estar unidos y comprometidos a llevar los unos la carga de los otros, en las circunstancias ordinarias de la vida y del ministerio.

Y si importante y significativa es para el sacerdote la Misa Crismal,  como signo de la unión con el Obispo, no menos significativa e importante es la Misa Crismal para los fieles cristianos, ungidos, con los aceites que hoy se bendicen,  en tres momentos importantes de su vida: en el bautismo, en  la confirmación y en la enfermedad y ancianidad. Todos los cristianos marcados por la unción del bautismo y sellados con el crisma de la confirmación, pueden decir en verdad que son pueblo de Dios, y llamarse pueblo santo, pueblo sacerdotal, pueblo ungido por Dios.

Si al sacerdote se le invita a renovar en el día de hoy las promesas sacerdotales del día de su ordenación,  quisiera invitar igualmente a todos los cristianos, a renovar su vocación cristiana,  y a profundizar en el significado de la unción, como participación del Ungido por excelencia, Cristo, cuya vida está llamado a vivir el cristiano y a difundir el aroma de Cristo dondequiera se encuentre.

El Papa Benedicto XVI hacía la invitación a decenas de miles de chicos y chicas de la diócesis de Roma, de “hacer presente a Dios en nuestras sociedades”. Me parece fantástica la invitación que el Papa propone a los jóvenes, pues entre otras funciones la unción fortalece para la lucha. “Al simbolismo del aceite pertenece también el que fortalece para la lucha,- señala el Papa Benedicto XVI, al tiempo que explica el sentido de la lucha cristiana -  La lucha de los cristianos consistía y consiste no en el uso de la violencia sino en el hecho de que ellos estaban y están todavía dispuestos a sufrir por el bien, por Dios. Consiste en que los cristianos como buenos ciudadanos, respetan el derecho y hacen lo que es justo y bueno. Consiste en que rechazan lo que en los ordenamientos  vigentes no es derecho, sino injusticia. La lucha de los mártires consistía en su “no” concreto a la injusticia: rechazando la participación en el culto idolátrico, en la adoración del emperador, no aceptaban doblegarse a la falsedad, a adorar personas humanas y su poder. Con su “no” a la falsedad y a todas sus consecuencias han realzado el poder del derecho y la verdad. … También hoy es importante que los cristianos cumplan el derecho, que es el fundamento de la paz. También hoy es importante para los cristianos no aceptar una injusticia aunque sea retenida como derecho, por ejemplo, cuando se trata del asesinato de niños inocentes aún no nacidos. Así servimos precisamente a la paz y así nos encontramos siguiendo las huellas de Jesús, del que San Pedro dice: “Cuando lo insultaban, no devolvía el insulto, en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que muertos al pecado, vivamos para la justicia”.  (1Pe 2,23s) (Benedicto XVI en Misa Crismal 2010)

Bien pensado, es el deber de todo cristiano y muy en particular de todo pastor, sea sacerdote u obispo. Cristo, el Ungido por el Espíritu, realiza su misión anunciando la Buena Nueva a los pobres, llevando la libertad a los cautivos, el año de gracia a todos los hombres.

Nosotros los cristianos hemos sido ungidos como Cristo y debemos actuar como El: sanar, curar, consolar, ser anuncio vivo de la alegría pascual. Pero la pregunta clave es, si verdaderamente hacemos presente a Dios en nuestro derredor, en nuestro ambiente, o, si en nuestro ambiente y entorno Dios está ausente. Si somos cristianos con la frente en alto, de los que dan la cara por Cristo, de los que anuncian el reino de Dios, o somos cristianos mudos, con la cabeza baja.

En vísperas de iniciar el Triduo Sacro y adentrarnos en la celebración del Misterio  de nuestra fe cristiana, la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús,  al participar de la bendición de los santos óleos en la Misa Crismal, dejémonos ungir con el óleo de la caridad y con el crisma del Espíritu, y dispongámonos con corazón sincero y renovado a seguir el camino del Crucificado y Resucitado de entre los muertos.

 

+Monseñor Félix Lázaro, Sch. P

Obispo de Ponce

 

 


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