
DOMINGO DE RAMOS
"Dispongámonos a vivir la Semana Santa con Cristo, nuestra vida, siguiendo pasos hasta el final, a fin de que muertos con Cristo podamos igualmente resucitar con Cristo".
Catedral de la Diócesis de Ponce en Puerto Rico, Domingo 17 de abril de 2011
(www.reginacleri.com).Ofrecemos a continuación la Homilía que Mons. Felix
Lázaro Martínez ha dirigido a la feligresía de la Diócesis de Ponce, con motivo
del Domingo de Ramos, comienzo de la semana mayor, la Semana Santa.
La Liturgia nos introduce en la Semana Santa con una doble escena: La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, y la lectura de la Pasión según San Mateo.
La entrada de Jesús en Jerusalén, evoca el hecho histórico, tal como lo relatan los Evangelios. La liturgia invita a entrar con Jesús y acompañarle en su pasión, muerte y resurrección.
La entrada Jerusalén, fue una entrada humilde y pacífica: “Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor”, aclamaban las turbas, mientras alfombraban el camino con sus mantos y con ramas cortadas en el campo. Al cantar esta mañana del domingo de Ramos el “Hosanna”, manifestamos el deseo de seguir a Jesús, al salvador, que va delante de nosotros. La bendición de los ramos, aclamando a Jesús como el Rey-Mesías, presagia el triunfo de su entrega. Se entrada triunfal en Jerusalén es como el preámbulo y presentimiento de lo que está por venir. Es un júbilo contenido, que da paso al drama de la pasión inminente de Jesús.
La doble escena de la liturgia del Domingo de Ramos, la entrada triunfal en Jerusalén y la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, muestra el paso de la aclamación jubilosa del Hosanna al Hijo de David, a la soledad indescriptible del huerto de Getsemaní y al relato estremecedor de la Pasión.
La Pasión nos ubica y subraya quién es el Mesías a quien hemos aclamado, y el Mesías, el Siervo de Yahvé, que da la vida por todos.
Al Jesús que entró entre cánticos en Jerusalén, lo contemplamos en el relato de la Pasión, vejado, humillado y abandonado.
¿A quién en realidad celebramos? ¿A Jesús victorioso o a un Jesús que fracasa? Celebramos justamente a Jesús que reina desde la cruz. Celebramos que el sufrimiento y la cruz, no llevan al fracaso sino a la vida. Celebramos el amor que Dios ha tenido y tiene por el hombre, que no duda en entregar a su Hijo hasta la muerte, con tal de que todos tengan vida y la tengan en abundancia. Celebramos el misterio central de la fe cristiana: La muerte y resurrección de Cristo. A Cristo muerto y resucitado. Al “Cristo muerto por nuestros pecados, según las Escrituras; y al Cristo sepultado y resucitado al tercer día, según las Escrituras”. ( I Cor. 15,3-4).
Es como si la Liturgia nos llevara y arrastrara desde el comienzo de la Semana Santa, a sumergirnos en la contemplación del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, y a cerrar filas en torno al misterio de nuestra salvación.
El relato de la Pasión según San Mateo subraya particularmente su soledad en Getsemaní y el sufrimiento interno, el abandono de los suyos, el beso de Judas, la negación de Pedro y la ausencia de sus íntimos en los momentos en que más los necesita. San Mateo insiste en el cumplimiento de las Escrituras para indicar que la pasión entra de lleno en los planes salvíficos de Dios.
Miremos al Hijo de Dios que no baja de la cruz para salvarse, sino que se queda crucificado para salvarnos a todos nosotros.
Me atrevería a afirmar que lo que más le dolió y duele a Jesús, no fueron los martillazos que aseguraron sus manos y pies al duro madero, ni los clavos que lo aguantaron para que no pudiera escapar, sino la indiferencia de los hombres, comenzando por la huida de los suyos. “Habiendo amado a los suyos los amó hasta el fin”.
Hoy estamos asistiendo a una nueva forma de la pasión de Cristo, en la misma persona de Jesús. Hoy se denigra la persona de Jesús, se la mofa y se la burla, se la ridiculiza, se la profana.
Y en la vida de cada día, da la impresión de que se acortan espacios, las celebraciones son cada vez más restringidas, alejadas de la vida cotidiana y en las que solamente una porción pequeña de la población participa.
¿No será indicio de que se está dando un alejamiento si no teórico, sí, al menos, un alejamiento práctico de Dios?
Como Padre y pastor, hermano y amigo, de la grey que me ha sido confiada, hago una invitación a todos los católicos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, a vivir santa y piadosamente la Semana Santa; a acompañar al Señor en su camino a la cruz; pero también a la gloria de la resurrección; a abrir el corazón a la gracia de la salvación que brota del costado de Cristo; a salir al encuentro de la Misericordia Divina, clavada en la cruz; a fijar la mirada en Cristo crucificado y sentir su mirada llena de ternura, compasión y misericordia infinitas.
Y muy particularmente quiero hacer un llamado a los jóvenes, en este día en el que se celebra, desde hace veintiséis años la Jornada Mundial de la Juventud, a buscar en Cristo la respuesta a todas las inquietudes e interrogantes, y hacer realidad la invitación del Papa, Benedicto XVI, “hacer presente a Dios en nuestras sociedades”.
Con todo el cariño que merece el Papa Juan Pablo II, os recuerdo las palabras que os dirigía con motivo de esta Jornada de la Juventud: “El cristianismo, no es una opinión y no consiste en palabras vanas. El cristianismo es Cristo. Es una persona, es el Viviente. Encontrar a Jesús, amarlo y hacerlo amar; he aquí la vocación cristiana. María se nos da para ayudarnos a entrar en una relación más auténtica, más personal con Jesús… nos enseña a posar una mirada de amor sobre Aquel que nos ha amado primero”.
Queridos jóvenes, queridos fieles, queridos radioyentes: a la luz de los acontecimientos que estamos celebrando y con los que iniciamos la Semana Santa, dispongámonos a vivir la Semana Santa con Cristo, nuestra vida, siguiendo pasos hasta el final, a fin de que muertos con Cristo podamos igualmente resucitar con Cristo.
