A
los pies de Jesús crucificado
Señor, al contemplarte en esta cruz solitaria, veo cuanto me has
amado, me amas y me continuarás amando. En los momentos de
angustia y desesperación eres Tú mi fuerza y fortaleza. Al
comenzar a suplicarte, me quedo mudo mirándote; ¿que podré
pedirte, si estás en la cruz clavado por mí? Prefiero mirarte
fijamente y que seas Tú quien escuches mi súplica en el silencio
que se despierta en mi alma. Medito la pasión que pasaste, con
el único motivo de salvarme y llevarme al Padre; recuerdo esas
caídas benditas que tuviste antes de ser clavado en la cruz, con
qué amor besaste ese suelo pensando en mí, para luego levantarte
victorioso, aun cuando te faltaban las fuerzas. Cuántos
salivazos, blasfemias, bofetadas y latigazos aceptaste,
meditando el instante en que me dignara abrirte el corazón para
recibirte, y así poder “pasar a mi casa y cenar conmigo” (Ap
3,20).
Recuerdo a María Santísima, tu madre, quien el momento de verte
clavado en la cruz estaba ahí con una fe firme y decidida a
cumplir perfectamente la voluntad del Padre: “he aquí la esclava
del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Quiero
responderte hoy como ella, con fe abandonada en tu providencia
infinita y con la esperanza puesta simplemente en ti, “que me
amaste hasta el extremo” (Jn 13, 1). Resuenan fuertemente en mi
corazón las palabras del salmista: ¿Cómo pagaré al Señor todo el
bien que me ha hecho? (Sal 115, 12) No se como, lo más que te
puedo ofrecer es mi pobreza, todo lo que soy, para que hagas de
mí lo que quieras.
Pienso en ese madero frío y pesado en que fuiste crucificado
como si fueras un maldito, y en mi conciencia experimento que lo
que tengo que pasar es muy poco comparado con tu sacrificio.
Ayúdame a cargar mi cruz, Señor, en tantos momentos me siento
desesperado, sin fuerzas ni ánimos para seguirte, sin embargo,
al contemplarte en este árbol de redención, sé que nada ni nadie
podrá apartarme de tu amor. Al profundizar en tan insondable
misterio recuerdo las palabras del apóstol san Pablo: “si Jesús
no hubiera resucitado vana sería nuestra fe” (1 Cor 15, 14). Es
ésta mi esperanza, saber que aunque tenga que cargar mi cruz, al
final de los días me esperará lo que le ocurrió a mi Salvador,
he de resucitar gloriosamente para cantar eternamente sus
alabanzas. Esto no ha concluido en la cruz, es en ella que
comienza el sendero a la resurrección gloriosa, ¡qué alegría!
Tantas cosas me revelas observándote que me quedo espantado y
cautivado. Mi escuela es ésta, contemplarte glorioso, aun
estando con “apariencia de un gusano” (Sal 22, 7); aprendiendo
del ejemplo de mi madre espiritual, María, que estuvo al pie de
la cruz sin que vacilara su fe. En tí se disipan mis
inquietudes y angustias; una cosa quiero, y es que me abrases en
el madero, me enseñes a valorar el verdadero y auténtico amor
que brota de tu corazón traspasado.
Con amor,
De tu amigo(a) amado(a)
Gabriel Alonso Sánchez
Seminarista de la Diócesis de Arecibo