Meditación- Jornada
Eucarística- 9 de noviembre de 2006
Por: Gerardo E. Caraballo
Galindo, Seminarista- Diócesis de Mayagüez
«El Señor
Jesús, la noche en que fue entregado» (1 Cor 11, 23),
instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su
sangre. Las palabras del apóstol Pablo nos llevan a las
circunstancias dramáticas en que nació la Eucaristía. En
ella está inscrito de forma definitiva el acontecimiento de
la pasión y muerte del Señor. Esta verdad la expresan bien
las palabras con las cuales, en la Misa, el pueblo responde
a la proclamación del « misterio de la fe» que hace el
sacerdote: «Anunciamos tu muerte, Señor». No sólo lo evoca
sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio
de la Cruz que se perpetúa por los siglos. Por ello, hay que
prepararnos con mucha devoción para la Misa, cuidarla
participando activa y fructuosamente para que luego podamos
ser celosos confeccionadores del sacrificio eucarístico.
Que se nos
note nuestro amor a Jesús Eucaristía. No con beaterías, sino
con naturalidad, con auténtica devoción. Una genuflexión
bien hecha, visitar a Jesús en el Sagrario, mantenerme
atento en Misa, cantar y responder con claridad las partes
de la Misa, cuidar las posturas dentro de la Misa, etc.
La
aclamación que el pueblo pronuncia después de la
consagración se concluye opor- tunamente manifestando la
proyección escatológica que distingue la celebración
eucarística (cf. 1 Cor 11, 26): «... hasta que vuelvas». La
Eucaristía es tensión hacia la meta, pregustar el gozo pleno
prometido por Cristo (cf. Jn 15, 11); es, en cierto sentido,
anticipación del Paraíso y «prenda de la gloria futura». Por
eso hay que vivir la Misa como si fuera la primera, última y
única de tu vida.
Anunciar la
muerte del Señor «hasta que venga» (1 Co 11, 26), comporta
para los que participan en la Eucaristía el compromiso de
transformar su vida, para que toda ella llegue a ser en
cierto modo «eucarística». Precisamente este fruto de
transfiguración de la existencia y el compromiso de
transformar el mundo según el Evangelio, hacen resplandecer
la tensión escatológica de la celebración eucarística y de
toda la vida cristiana: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 20). En
medio de esta tensión, al contemplar en adoración a la
Hostia consagrada, Jesús nos atrae hacia sí, penetrando en
su misterio, por medio del cual quiere transformarnos, como
transformó la Hostia.
Mis
queridos hermanos, y con íntima emoción, y para confortar
vuestra fe, demos testimonio de fe en la Santísima
Eucaristía. «Ave, verum corpus
natum de Maria Virgine, / vere passum, immolatum, in cruce
pro homine!». Aquí
está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la
prenda del fin al que todo hombre, aunque sea
inconscientemente, aspira. Misterio grande, que ciertamente
nos supera y pone a dura prueba la capacidad de nuestra
mente de ir más allá de las apariencias. Aquí fallan
nuestros sentidos –«visus, tactus, gustus in te fallitur»,
se dice en el himno Adoro te devote–, pero nos basta sólo la
fe, enraizada en las palabras de Cristo y que los Apóstoles
nos han transmitido. Como Pedro al final del discurso
eucarístico en el Evangelio de Juan, digámosle a Cristo:
«Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida
eterna» (Jn 6, 68). María, Mujer eucarística, ayúdanos a ser
almas eucarísticas y haz que nuestra vida sea una verdadera
eucaristía para la mayor gloria de Dios y bien de toda la
Iglesia. Que así sea.