La familia es una institución intermedia
entre el individuo y la sociedad, y nada la puede suplir
totalmente. Ella misma se apoya sobre todo en una profunda
relación interpersonal entre el esposo y la esposa,
sostenida por el afecto y comprensión mutua. Para ello
recibe la abundante ayuda de Dios en el sacramento del
matrimonio, que comporta verdadera vocación a la santidad.
Ojalá que los hijos contemplen más los momentos de armonía y
afecto de los padres, que no los de discordia o
distanciamiento, pues el amor entre el padre y la madre
ofrece a los hijos una gran seguridad y les enseña la
belleza del amor fiel y duradero. La familia es un bien
necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para
la sociedad y un gran tesoro de los esposos durante toda su
vida. Es un bien insustituible para los hijos, que han de
ser fruto del amor, de la donación total y generosa de los
padres. Proclamar la verdad integral de la familia, fundada
en el matrimonio como Iglesia doméstica y
santuario de la vida, es una gran responsabilidad de
todos.
El padre y la madre se han dicho un "sí" total ante Dios, lo
cual constituye la base del sacramento que les une;
asimismo, para que la relación interna de la familia sea
completa, es necesario que digan también un "sí" de
aceptación a sus hijos, a los que han engendrado o adoptado
y que tienen su propia personalidad y carácter. Así, estos
irán creciendo en un clima de aceptación y amor, y es de
desear que al alcanzar una madurez suficiente quieran dar a
su vez un "sí" a quienes les han dado la vida.
Los desafíos de la sociedad actual hacen necesario
garantizar que las familias no estén solas. Un pequeño
núcleo familiar puede encontrar obstáculos difíciles de
superar si se encuentra aislado del resto de sus parientes y
amistades. Por ello, la comunidad eclesial tiene la
responsabilidad de ofrecer acompañamiento, estímulo y
alimento espiritual que fortalezca la unión familiar, sobre
todo en las pruebas o momentos críticos. En este sentido, es
muy importante la labor de las parroquias, así como de las
diversas asociaciones eclesiales, llamadas a colaborar como
redes de apoyo y mano cercana de la Iglesia para el
crecimiento de la familia en la fe.
Cristo ha revelado cuál es siempre la fuente suprema de la
vida para todos y, por tanto, también para la familia:
"Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo
os he amado. Nadie tiene mayor amor que quien da la vida por
sus amigos" (Jn 15, 12-13). El amor de Dios mismo se
ha derramado sobre nosotros en el bautismo. De ahí que las
familias están llamadas a vivir esa calidad de amor, pues el
Señor es quien se hace garante de que eso sea posible para
nosotros a través del amor humano, sensible, afectuoso y
misericordioso como el de Cristo.
Junto con la transmisión de la fe y del amor del Señor, una
de las tareas más grandes de la familia es la de formar
personas libres y responsables. Por ello los padres han de
ir devolviendo a sus hijos la libertad, de la cual
durante algún tiempo son tutores.
Como se simboliza en la liturgia del
bautismo, con la entrega del cirio encendido, los padres son
asociados al misterio de la nueva vida como hijos de Dios,
que se recibe con las aguas bautismales. Transmitir la fe
a los hijos, con la ayuda de otras personas e instituciones
como la parroquia, la escuela o las asociaciones católicas,
es una responsabilidad que los padres no pueden olvidar,
descuidar o delegar totalmente. Que el Señor ayude a todos
los padres a cumplir con esta hermosa tarea.