Tema:
Benedicto XVI y el culto al Corazón de Jesús
Por: Gerardo Eugenio Caraballo
Galindo, Seminarista- Diócesis de Mayagüez
Exponemos a
continuación algunos puntos importantes de la Carta del Papa
Benedicto XVI sobre el culto al Corazón de Jesús con motivo
del quincuagésimo aniversario de la encíclica «Haurietis
aquas»:
- El costado
traspasado del Redentor es el manantial al que nos invita a
acudir la encíclica «Haurietis aquas»: debemos recurrir a
este manantial para alcanzar el verdadero conocimiento de
Jesucristo y experimentar más a fondo su amor.
- De este
modo, podremos comprender mejor qué significa conocer» en
Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo, manteniendo fila
mirada en Él, hasta vivir completamente de la experiencia de
su amor, para poderlo testimoniar después a los demás.
- De hecho,
retomando una expresión de mi venerado predecesor, Juan
Pablo II, «junto al Corazón de Cristo, el corazón humano
aprende a conocer el auténtico y único sentido de la vida y
de su propio destino, a comprender el valor de una vida
auténticamente cristiana, a permanecer alejado de ciertas
perversiones del corazón, a unir el amor filial a Dios con
el amor al prójimo. De este modo --y ésta es la verdadera
reparación exigida por el Corazón del Salvador-- sobre las
ruinas acumuladas por el odio y la violencia podrá
edificarse la civilización del Corazón de Cristo»
- Este
misterio del amor de Dios por nosotros no constituye sólo el
contenido del culto y de la devoción al Corazón de Jesús:
es, al mismo tiempo, el contenido de toda verdadera
espiritualidad y devoción cristiana. Por tanto, es
importante subrayar que el fundamento de esta devoción es
tan antiguo como el mismo cristianismo. De hecho sólo se
puede ser cristiano dirigiendo la mirada a la Cruz de
nuestro Redentor, «a quien traspasaron» (Juan 19, 37; Cf.
Zacarías 12, 10).
- Reconocer
el amor de Dios en el Crucificado se ha convertido para
ellas en una experiencia interior que les ha llevado a
confesar, junto a Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» (Juan 20,
28), permitiéndoles alcanzar una fe más profunda en la
acogida sin reservas del amor de Dios.
-
Experimentar el amor de Dios dirigiendo la mirada al Corazón
de Jesucristo
El
significado más profundo de este culto al amor de Dios sólo
se manifiesta cuando se considera más atentamente su
contribución no sólo al conocimiento sino también y sobre
todo a la experiencia personal de ese amor en la entrega
confiada a su servicio (Cf. encíclica "Haurietis aquas",
62).
- Un
auténtico conocimiento del amor de Dios sólo es posible en
el contexto de una actitud de oración humilde y de generosa
disponibilidad.
- Partiendo
de esta actitud interior, la mirada puesta en el costado
traspasado de la lanza se transforma en silenciosa
adoración. La mirada en el costado traspasado del Señor, del
que salen "sangre y agua" (Cf. Gv 19, 34), nos ayuda a
reconocer la multitud de dones de gracia que de ahí proceden
(Cf. encíclica "Haurietis aquas", 34-41) y nos abre a todas
las demás formas de devoción cristiana que están
comprendidas en el culto al Corazón de Jesús.
- La
contemplación en la adoración del costado traspasado de la
lanza nos sensibiliza ante la voluntad salvífica de Dios.
Nos hace capaces de confiar en su amor salvífico y
misericordioso y al mismo tiempo nos refuerza en el deseo de
participar en su obra de salvación, convirtiéndonos en sus
instrumentos. Los dones recibidos del costado abierto, del
que han salido "sangre y agua" (Cf. Juan 19, 34), hacen que
nuestra vida se convierta también para los demás en
manantial del que manan "ríos de agua viva" (Juan 7, 38)
(Cf. encíclica "Deus caritas est", 7).
- La
experiencia del amor surgida del culto del costado
traspasado del Redentor nos tutela ante el riesgo de
replegarnos en nosotros mismos y nos hace más disponibles a
una vida para los demás.
- El culto del amor que se
hace visible en el misterio de la Cruz, representado en toda
celebración eucarística, constituye por tanto el fundamento
para que podamos convertirnos en personas capaces de amar y
entregarse (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 69),
convirtiéndonos en instrumentos en las manos de Cristo: sólo
así podemos ser heraldos creíbles de su amor.