Nuestra
vocación mira a estar con Dios eternamente. Pero puesto que
nada manchado entra al cielo, por medio del Sacrificio
expiatorio de Cristo hemos sido santificados, de tal forma
que, perdonados nuestros pecados, fuimos consagrados para
poder acercarnos al Dios vivo y poder, así, participar de la
ciudad celeste.No vivamos tras las obras de la maldad.
Acojámonos a Cristo para que en Él tengamos el perdón de
nuestros pecados y la Vida eterna. Por medio de su Hijo
Jesús, el Padre Dios nos ha sacado de la profundidad de
nuestros pecados, ha puesto nuestros pies sobre roca firme y
ha consolidado nuestros pasos para que demos testimonio de
lo misericordioso que ha sido para con nosotros.
El Señor
quiere que le entonemos un cántico nuevo, el cántico de la
fidelidad a su voluntad entonado no sólo con nuestros
labios, sino con nuestras obras y nuestra vida misma. Junto
con Cristo hemos de estar dispuestos a hacer la voluntad de
nuestro Padre Dios en todo. Proclamar el Evangelio nos lleva
a anunciarlo, pero también a dar testimonio de él, pues no
podemos anunciar el Evangelio sólo con los labios mientras
nueva vida tomase por un camino contrario a lo que
proclamamos.
Junto con el
testimonio sabemos que no podemos eludir nuestra cruz de
cada día, con la fidelidad que muchas veces nos puede llevar
hasta el martirio, pero sabiendo que no todo terminará con
la muerte. Después de la cruz siempre estará la gloria,
siempre estará Dios como Padre lleno de amor, de ternura y
de misericordia para con nosotros. Él nos espera para
recibir en su casa a quienes le vivamos fieles.
La acción
sacerdotal de la Iglesia, por tanto, consistirá en seguir el
mismo camino de amor y de fidelidad de su Señor. Vayamos
tras las huellas de Cristo aceptando todos los riesgos que
nos vengan por ello, sabiendo que no hemos recibido un
espíritu de cobardía sino de valentía para que no cerremos
nuestros labios en el anuncio del Nombre de nuestro Dios y
Padre que se nos ha confiado.
La Pascua
antigua ha quedado atrás y no volverá a celebrarse; ahora
celebramos la Pascua de Cristo en el Reino de Dios, que ya
se ha iniciado entre nosotros. Celebrar nosotros el Memorial
de la Pascua de Cristo no es sólo un contemplarlo bajo una
nueva presencia; Él está con nosotros en la Eucaristía para
que nos encontremos real y personalmente con Él al paso de
la historia. Su presencia en la Eucaristía es una presencia
real con toda su fuerza salvadora.
Participar
de la Eucaristía nos hace entrar en la nueva alianza
inaugurada por Jesús, en quien somos hechos hijos de Dios, y
quien el Padre Dios nos contempla con el mismo amor con que
contempla a su Hijo unigénito.
El Señor nos
reúne para que en esta Eucaristía celebremos, unidos a Él,
la Pascua Nueva, la del Reino de Dios entre nosotros.
Celebramos la Victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte.
Celebramos nuestro peregrinar hacia la Patria eterna.
Celebramos ser el Nuevo Pueblo de Dios, el de sus hijos que
se dejan guiar por Cristo, único Camino de salvación para
todos los pueblos. La Eucaristía nos pone en camino como
testigos del Reino, pues la salvación no es ya una promesa,
sino una realidad cumplida por Dios entre nosotros y para
nosotros. Y nosotros hemos de proclamar este Misterio de
amor y de salvación para la humanidad entera. La Iglesia de
Cristo continúa la obra sacerdotal de Jesús en el mundo y su
historia. A nosotros nos corresponde continuar consagrándolo
todo a Dios.
¿En verdad
somos alimento, pan de vida para los demás? ¿En verdad somos
capaces de llegar hasta derramar nuestra sangre con tal de
que el perdón de los pecados llegue a todos? ¿Estamos
dispuestos a vivir conforme a la voluntad de Dios sobre
nosotros y no conforme a nuestros propios intereses?
¿Encaminamos a los demás hacia la posesión de los bienes
definitivos?
El Señor
quiere que santifiquemos a todo y a todos. Que seamos
sacramento de salvación para cuentos nos rodean. Que María
nos conceda la gracia de saber vivir santamente y dar
testimonio.