Ay, ¡si todos los
curas son iguales!
Esta frase en nuestra sociedad se ha hecho
popular y las personas juzgan sin estar conscientes de lo que
realmente están diciendo. Algo interesante al respecto es que
cuando se habla de los sacerdotes se tiende a generalizar, y
esto es un grave error. En la Iglesia hay sacerdotes que no dan
un testimonio auténtico, cónsono con la vocación a la que han
sido llamados a servir fielmente. Es realidad y no se puede
intentar tapar el cielo con una mano. Lo que ocurre es lo
siguiente: hay 100 sacerdotes que se entregan y sirven con amor
y docilidad en medio del rebaño que Dios le ha confiado, y dos
no dan ejemplo ni viven en fidelidad. No obstante, se globaliza
la minoría y entonces se pronuncia la muletilla: Ay, ¡si todos
los curas son iguales!, y no se tiene en cuenta la obra de Dios
que llevan los otros 98 y cómo se entregan por completo.
Como pueblo escogido por el Señor es necesario
preguntarnos cuánto oramos por el sacerdote que semanalmente
preside la Eucaristía en mi comunidad. Es muy evidente que es
fácil sentarnos y criticar las personas, en este caso a los
sacerdotes, sin embargo cuan difícil se nos hace reconocer un
buen acto de caridad que ha hecho el presbítero.
Si tuviéramos en cuenta que Dios ha decidido
edificar su Iglesia sobre los Apóstoles, unos pescadores, otros
cobradores de impuestos, estos son las columnas de la Santa
Iglesia Católica. Si nos percatamos de esto entenderemos que el
sacerdote no es una persona “rara” o que no peca, sino que Dios
lo ha llamado aun padeciendo de debilidad. Por eso necesita de
la oración del pueblo de Dios para perseverar en la vocación
sacerdotal.
Volviendo al tema de generalizar a los hombres
escogidos por Dios desde siempre, tenemos que adquirir
conciencia que cuando pronunciamos la frase antes mencionada lo
que hacemos es intentar justificar nuestras acciones. En el
instante que recapacitemos y contemplemos el misterio que
envuelve el darse simplemente por la causa del Reino entonces
nos preocuparemos por nuestros sacerdotes.
El sacerdote es quien nos engendra por medio del
bautismo, o sea, nos hace hijos de Dios. Es el que nos alimenta
con el Pan partido de la Palabra y de la Santa Eucaristía,
fuente primaria e inagotable en la vida del cristiano. Es el que
un día respondió con un sí generoso a la llamada de Dios y lo
actualiza en cada amanecer; es el que al ver un alma que pide
auxilio se compadece, tiende la mano y la socorre. Es el que no
se siente digno de la misión que Dios le ha encomendado, y al
observar sus flaquezas se abandona en los brazos del Creador
reconociendo que por sí mismo nada puede hacer. Es el amigo que
está presto a escucharnos, a brindarnos palabras de aliento y
fortaleza en las tribulaciones que acechan nuestra vida. En fin,
el sacerdote en medio del rebaño de Dios, es un regalo que
debemos agradecer siempre.
Aprovechemos el tiempo y amemos a nuestros
sacerdotes, viendo en ellos el rostro de Cristo Sacerdote,
sabiendo que son padres para nosotros y no déspotas que están
para mandar en la Iglesia. Si conoces un presbítero que no está
dando testimonio de fe ora por él y, por favor, no te llenes la
boca criticándolo, sino preséntaselo a Jesús para que lo abrace
y nunca lo abandone. Demos gracias a Dios por los que se
mantienen fieles para que Él guíe siempre sus pasos por el
camino de la paz. Preocupémonos por ellos, para así edificar una
Iglesia que irradie santidad y, de esta forma, las gentes puedan
decir: “miren como se aman”.
Tus sacerdotes, Señor al entregar su vida por Ti
y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo,
y así dan testimonio constante de fidelidad y amor (Prefacio de
la Misa Crismal)
¡Gracias, Señor, por los sacerdotes! Llama a
jóvenes dispuestos a entregarlo todo por servir y enséñame a
estar conciente de mi responsabilidad de orar por todos los
sacerdotes, en especial, por los de mi comunidad.
Por: Gabriel Alonso Sánchez, seminarista de la
Diócesis de Arecibo