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Tema: ¿Crees en el Resucitado? ¡Que se te note!  

Por: Gerardo Eugenio Caraballo Galindo, Seminarista- Diócesis de Mayagüez

“¿Porqué buscáis entre los muertos al que vive? Él no esta aquí, HA RESUCITADO”[1]. Este anuncio dado por el ángel a las mujeres en la mañana de Pascua hace más de 2000 años, vuelve hoy a resonar en el corazón del hombre de hoy. ¿Porqué seguimos buscando entre los “muertos” de nuestra sociedad al que es la Vida? Esos muertos de la sociedad son: el placer, el poder, el orgullo, la vanidad ,el dinero, la fama, entre muchos otros. Nos perdemos en ese laberinto, en ese cementerio lleno de muertos.

Pero Jesús Resucitado sale a nuestro encuentro, en ese camino, como a los discípulos de Emaús; nos explica las Escrituras y parte el Pan. Y es en ese momento que decimos: ES VERDAD, HA RESUCITADO EL SEÑOR. Por tanto, el encuentro con el Resucitado nos lleva al testimonio. Por ello, pidámosle a Jesús Resucitado la gracia de resucitar con Él gloriosamente y que siempre seamos testigos valientes y audaces de su Resurrección. Porque nosotros buscamos, creemos, amamos y seguimos no a un Dios muerto, sino a un DIOS VIVO.    

 Termino esta reflexión con estas palabras del biemanmado Siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II “El Grande” que nos iluminan el sentido de este misterio: “En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del «Pan de vida», con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de «estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20). (...) Los dos discípulos de Emaús, tras haber reconocido al Señor, «se levantaron al momento» (Lc 24,33) para ir a comunicar lo que habían visto y oído. Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose de su cuerpo y de su sangre, no se puede guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio.”[2].


 

[1] Lc 24,5

[2] Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine, 2. 24 

 

 

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