Solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles.
XIII Domingo del tiempo ordinario.
Los Apóstoles Pedro y Pablo son considerados por los
fieles cristianos, con todo derecho, como las primeras columnas
no sólo de la Santa Sede romana, sino además de la universal
Iglesia de Dios vivo, diseminada por el orbe de la tierra.
Pedro, a quien Nuestro Señor Jesucristo eligió como fundamento
de su Iglesia y Obispo de esta esclarecida ciudad, y Pablo, el
Doctor de las gentes, maestro y amigo de la primera comunidad
aquí fundada.
El Maestro tuvo con Pedro particulares
manifestaciones de aprecio; no obstante, más tarde, cuando Jesús
más lo necesitaba, en momentos particularmente dramáticos, Pedro
renegó de Él, que estaba solo y abandonado. Después de la
Resurrección, cuando Pedro y otros discípulos han vuelto a su
antiguo oficio de pescadores, Jesús va especialmente en busca de
él, y se manifiesta a través de una segunda pesca milagrosa, que
recordaría en el alma de Simón aquella otra en la que el Maestro
le invitó por primera vez a seguirle y le prometió que seria
pescador de hombres. Jesús les espera ahora en la orilla y usa
los medios materiales: las brasas y el pez, que resaltan el
realismo de su presencia y continúan dando el tono familiar
acostumbrado en la convivencia con sus discípulos. Después de
haber comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me
amas más que éstos?. Después, el Señor anunció a Simón: En
verdad, en verdad te digo: cuando eras joven te ceñías tú mismo
e ibas a donde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus
manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras. Cuando
escribe San Juan su evangelio esta profecía ya se había
cumplido; por eso añade el Evangelista: Esto lo dijo indicando
con qué muerte había de glorificar a Dios. Después, Jesús
recordó a Pedro aquellas palabras memorables que un día, años
atrás, en la ribera de aquel mismo lago, cambiaron para siempre
la vida de Simón: Sígueme.
Una piadosa tradición cuenta que, durante la cruenta
persecución de Nerón, Pedro salía, a instancias de la misma
comunidad cristiana, para buscar un lugar más seguro. Junto a
las puertas de la ciudad se encontró a Jesús cargado con la
Cruz, y habiéndole preguntado Pedro: ¿A dónde vas, Señor? (Quo
vadis, Domine?), le contestó el Maestro: A Roma, a dejarme
crucificar de nuevo. Pedro entendió la lección y volvió a la
ciudad, donde le esperaba su cruz. Esta leyenda parece ser un
eco último de aquella protesta de Pedro contra la cruz la
primera vez que Jesús le anunció su Pasión. Pedro murió poco
tiempo después. Un historiador antiguo refiere que pidió ser
crucificado con la cabeza abajo por creerse indigno de morir,
como su Maestro, con la cabeza en alto. Pedro, a pesar de sus
debilidades, fue fiel a Cristo, hasta dar la vida por Él. Esto
es lo que le pedimos también al terminar esta meditación:
fidelidad, a pesar de las contrariedades y de todo lo que nos
sea adverso por el hecho de ser cristianos. Le pedimos la
fortaleza en la fe, (fortes in fide) como el mismo Pedro pedía a
los primeros cristianos de su generación. ¿Qué podríamos
nosotros pedir a Pedro para provecho nuestro, que podríamos
ofrecer en su honor sino esta fe, de donde toma sus orígenes
nuestra salud espiritual y nuestra promesa, por él exigida, de
ser fuertes en la fe?
Por otro lado San Pablo exhorta a Timoteo y a
todos nosotros: hablar de Dios (opportune et importune) con
ocasión y sin ella; es decir, también cuando las circunstancias
sean adversas. “Pues vendrá un tiempo en que no soportarán la
sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de
sus pasiones para halagarse el oído”. Cerrarán sus oídos a la
verdad y se volverán a los mitos. Parece como si el Apóstol
estuviera presente en nuestros tiempos. Pero tú señalas a
Timoteo, y en él a cada cristiano diciéndole sé sobrio en todo,
sé recio en el sufrimiento, esfuérzate en la propagación del
Evangelio, cumple perfectamente tu ministerio. Loa sacerdotes lo
harán principalmente con la predicación de la palabra de Dios,
con el ejemplo personal, con su caridad, con los consejos en el
sacramento de la penitencia. Los seglares, la inmensa mayoría
del pueblo de Dios, ordinariamente a través de la amistad, con
el consejo amable, con la conversación a solas con el amigo que
parece que se aleja del Señor o con el que nunca estuvo cerca de
Él… Y esto a la salida de la facultad o del trabajo, en el mismo
lugar donde se pasa el verano… Los padres con los hijos…,
aprovechando el mejor momento o creando la ocasión… Incluso
quienes viajan por motivo de obras internacionales, de negocios
o de descanso, no olviden que son en todas partes heraldos
itinerantes de Cristo y que deben portarse como tales con
sinceridad, con la sinceridad que expresa un alma que ha
constituido a Cristo como eje sobre el cual se organizan todos
los demás asuntos de su vida.
Por:
Ruperto Geovanie, Seminarista de la Diocesis de Ponce