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Décimo Domingo del tiempo ordinario

 

       Hermanos, el Señor en este domingo nos muestra que él elige a los que desea, no por sus meritos o porque uno sea el más famoso del pueblo, sino por su interior, por aquello que le individualiza, que le hace ser quien es.  No debemos tratar de ser diferentes, ni tampoco imitar a los demás, solo se tú, porque siendo tú serás diferente. Lee esta pequeña historia y luego medítala: 

       En una aldea cercana a un río, vivía una joven muy hermosa llamada Rosa, cuya belleza era reconocida y admirada por toda la gente de la región. Por este motivo, todas las muchachas trataban de imitarla.

       Cierto día, una joven poco agraciada llamada Sol vio a Rosa paseando al lado del río, con el cuerpo doblado sobre sí misma. Rosa sentía un fuerte dolor, pero Sol que no lo sabía, se dijo: “¡Que bonita es Rosa! Imitaré su forma de andar para parecerme a ella”.

       Un maestro que caminaba junto al río pasó al lado de la joven y, al ver su rictus de dolor, le preguntó: “¿Qué te sucede, niña?”. A lo que Sol contestó: “Nada. Sólo estoy imitando a Rosa, pues quiero ser tan hermosa como ella”.

       Ante semejante confesión, el maestro le explicó: “Tú eres una joven gentil y todos te quieren por tu virtud. Serás bella cuando valores tus méritos y comprendas tus defectos sin tratar de parecerte a los demás. Busca tu propia belleza en tu interior”.

       El Señor solo quiere que cuando mires en tu interior veas su rostro, aquella belleza que todos buscamos. Cuando encontremos esa belleza, entonces podremos imitarla, ser quienes somos, ser imagen de Cristo. Cristo es como el agua, transparente, que cuando lo miramos nos vemos a nosotros y cuando lo tomamos nos sacia la sed. Entonces hermanos seamos como el maestro, ayudemos a los demás a que puedan ver a Cristo en su interior y puedan llegar a comer con él como Mateo. Que el Señor, que por su resurrección nos salvo les bendiga a todos siempre.  

 

Por: Saúl Marrero Rivera, Seminarista de la Diócesis de Arecibo

 

 

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