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Los privilegios del seminarista

 

            La vida de un seminarista se ve introducida en una realidad trascendente, que supera su capacidad. Primeramente, con solo pensar que Dios nos ha llamado para ser sus ministros ya es motivo de asombro. Cuando respondimos a la invitación divina, lo hicimos llenos de temores y prejuicios que intentaban opacar la mano amorosa de Dios que se posaba sobre nosotros. También, al sentir el rechazo de la sociedad brotaba la confusión, pero Dios, en su infinita providencia, enviaba rápido instrumentos para que nos alentaran y motivaran a no temer hacer la diferencia.

 

            Al ingresar en el Seminario es necesario darle un giro a la vida, adaptarse a vivir como Dios quiere y no según nuestros caprichos. Los primeros días comienza a darse la ruptura fuerte con el hombre viejo y engreído que cargamos (aunque esto es trabajo permanente), para permitir que Jesús vaya forjando en nuestros corazones su imagen. Esto exige un compromiso libre y decidido, porque venimos a formarnos y no a ser formados. Hemos sido llamados y somos los protagonistas de nuestra formación, como también los primeros interesados y responsables (La Formación integral del sacerdote, Marcial Maciel).

 

He titulado este artículo de esta forma porque podemos caer en la tentación de ver el Seminario como algo rutinario y obligado para llegar al sacerdocio. En realidad no es eso;  es estar el día en la presencia afable de Dios y entre los que Él ha querido invitar a remar mar adentro. Es levantarse y saber que se acerca un nuevo día que ofrece la posibilidad de caminar según su voluntad.

 

¡Qué muchos privilegios tenemos, y en ocasiones qué poco los aprovechamos! Lo primordial que me pasa por la mente es el Centro del Seminario: la Capilla, donde nos espera Jesús para derramar bendiciones copiosas, colmarnos con su ternura y abrazo amigable. Es orar todos los días ante Él, ya sea en comunidad o individualmente, y abandonarnos en su regazo, pidiéndole que nos configure consigo mismo. Ese silencio que circula en la Casa de Dios, es una invitación vivificadora a dejarnos interpelar por Dios que sólo habla en el silencio. Todos los días tenemos la oportunidad de participar en la Eucaristía, donde nos nutrimos del Pan de la Palabra y del Cuerpo y Sangre de Cristo. La perseverancia y la firmeza tienen su fuente principal en la Santa Misa.

 

La oportunidad de aprender de otros hermanos que se han arriesgado sin tomar en cuenta el qué dirán, edifica, estimula y conforta en los instantes de tribulación. También tener la paciencia para tolerar al que se equivoca, sabiendo que somos seres hechos de barro y no estamos exentos de fallar.

 

El estudio filosófico y teológico que nos propone la Iglesia para una educación cristocéntrica auténtica, aunque en ocasiones pesa y se hace difícil, es lo que Dios por medio de su Iglesia quiere que profundicemos en la oración y asumamos con espíritu alegre. El camino es largo. Sin embargo, a medida que vamos subiendo peldaños la Luz resplandeciente, Jesucristo, brilla con mayor intensidad y nos atrae hacia sí.

 

Otro aspecto de la vida del Seminario son los formadores que nos acompañan. Dejarnos guiar por ellos, que son los instrumentos de Dios es compromiso diario, teniendo en cuenta que son amigos y padres espirituales en los cuales se puede confiar y no están para mandar y regañar, sino que tienen como responsabilidad velar y conducirnos por el camino genuino.

 

El compartir en los deportes y tares colectivas con espíritu fraternal es motivo de júbilo, y así asumimos nuestra realidad, jóvenes dispuestos a hacer la diferencia, pero sin quitar lo positivo que ofrece esta etapa de vida.

 

Si continúo escribiendo nunca acabaré, y no es ese el propósito. Simplemente quería poner por escrito algunas ideas de lo que se vive en el lugar donde Dios llama a estar con Él, el Seminario. Así que si cualquier joven siente la inquietud de seguir a Jesús sepa que aquí lo que respiramos es amor, paz y alegría. ¡Ven y verás!

 

¡Oren, para que el protagonista principal de la formación sacerdotal, el Espíritu Santo, nos ayude a seguir el sendero que Dios ha trazado en nuestras vidas!

 

¡Maria, ruega por nosotros!

 

Por: Gabriel Alonso Sánchez, seminarista de la Diócesis de Arecibo

 

 

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