Pero…, es que yo me quiero casar
¡Qué
bueno! Si eres un joven que te has preguntado si Dios te quiere
para sacerdote (o eres una muchacha y te has planteado la
posibilidad de ser religiosa ¨monjita¨), y has pensado esto,
estás más que bien. Esto manifiesta dos cosas muy importantes:
primero, que estás claro de tu identidad y de que Dios nos ha
creado con la necesidad de relacionarnos, en especial, con el
sexo que nos complementa; y segundo, que reconoces que hemos
sido creados para amar fecundamente, que deseamos ¨producir¨
algo, colaborar, aportar.
Ahora bien, ante estas dos realidades nos podemos preguntar: ¿La
relación con el sexo complementario se reduce al matrimonio?
¿Fecundar se limita a procrear? Si a la primera respondemos
sí, estaríamos diciendo que aquéllos que, por cosas de la
vida, no han contraído matrimonio no se han beneficiado de la
riqueza de personas del otro sexo. Entonces, ¿la amistad entre
personas de diverso sexo no es un modo de enriquecerse de esa
peculiaridad del otro? Yo me atrevería a decir que la amistad
es el modo de relación con personas del otro sexo más hermoso,
pues no depende de gustos, sino de querer lo mejor para el otro,
en un mutuo compartir desinteresado. Y no olvidemos la
maravillosa relación madre-hijo, padre-hija, entre otras. Un
sacerdote, o religiosa, tiene la oportunidad extrema de
complementarse, pues su relación con las personas del otro sexo
no se limita a una persona en particular, sino a todas las que
Dios les presenta en el ministerio o servicio.
Si ser fecundos es sólo procrear físicamente, no estaríamos
reconociendo a aquéllos que han cumplido la noble tarea de criar
a niños abandonados o en otras circunstancias; olvidaríamos a
maestros, profesionales, que a falta de orientación de muchos
jóvenes les acompañan en el desarrollo de su vida y
personalidad. En el ámbito de la vocación al sacerdocio o a la
vida consagrada, ¿quién se atrevería a negar la obra tan fecunda
de la madre Teresa de Calcuta, de Sor Isolina Ferré, del Padre
Francisco García, y de tantos otros héroes anónimos que por amor
a Dios y al hombre luchan cada día por el bien integral de
nosotros? El maravilloso regalo de un sacerdote o religiosa que
educa no sólo en la fe, sino en el ser como persona, da como
fruto jóvenes bien orientados, con esperanzas y metas altas en
la vida, reconociendo que Dios es el principio y fin de nuestras
vidas.
¡Padre!,
es el modo en que llamamos a los sacerdotes, y no nos
equivocamos. El sacerdote es quien nos engendra a la fe y a la
vida eterna (Bautismo); es el Padre que nos levanta, nos sana y
nos corrige cuando hemos caído (Reconciliación); es el Padre que
nos provee el Pan de Vida Eterna (Eucaristía); es el Padre que
nos guía con sus consejos y nos alienta en el caminar hasta el
cielo. Los hijos en la carne pasan, sin embargo los hijos en la
fe y en el amor duran y dan frutos hasta la vida eterna. Ahora
pregúntate, ¿es fecunda la vida sacerdotal?
Entiendo que te quieras casar (y comparto tu deseo), pero siento
mucho que no te atrevas a más…
Por:
Arnaldo Ortiz
Dominicci, seminarista de la Diócesis de Ponce
SER SACERDOTE: UNA BENDICIÓN,
¡VEN Y VERÁS!