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Amor, Amor y más Amor

 

¿Qué será realmente el amor?

 

            El ser humano desde su propia naturaleza tiene la inclinación a preguntarse qué es el amor, ya que se ve sumergido y atraído por él. Nosotros, como cristianos, vemos que el amor es el pilar de nuestra vida, que nos impulsa a actuar de una manera pura, desinteresada y auténtica.  Cuando entramos en nuestro corazón nos percatamos que tenemos un deseo profundo de amar y ser amados. Al intentar llevar a la práctica este fin, que se encuentra grabado en las entrañas, podemos decir como san Pablo: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rom 7, 10). Experimentamos que nuestros actos no concuerdan con lo que queremos hacer. Ésta es una de las luchas constantes que tenemos que sobrellevar: saber reconocer esta realidad, para luego trabajar con ella, pidiéndole a Dios que nos conceda concordia de alma y cuerpo, para hacer lo que le agrada.

 

Intentado contestar la pregunta formulada tenemos que contemplar lo que envuelve en s­í esta palabra. El mismo apóstol Juan nos dice claramente “Dios es amor” (1 Jn 4, 8) Si al autor de la creación, que nos ha concedido gratuitamente el don de la vida y nos atrae constantemente hacia Él es llamado así, luego es imposible descifrar qué es realmente el amor en su totalidad. Es un misterio que supera nuestra capacidad. Aun así podemos entenderlo, pero de un modo limitado

 

No por esto vamos a tener temor de sumergirnos en las profundidades de Dios, porque a medida que avancemos en la relación con Él, mayor será el entendimiento de sus misterios. Actualmente muchos hablan del amor y, en ocasiones piensan que es sinónimo de placer, satisfacción personal. La realidad es que se equivocan. El amor es lo que le da sentido a la vida: es el centro, y aunque no lo comprendamos, vivirlo dándose a sí mismo por amor a Dios y al prójimo es la mayor felicidad.

 

Experimentaremos el amor cuando comencemos a aplicarlo en la vida. Si queremos amar es necesario que se lo pidamos al que es el Amor. Solamente Él permitirá que nos vayamos gustando del sentido y rumbo de la vida, para culminar en un amor sin fronteras. El predicador del Papa, el padre Raniero Cantalamessa, en un comentario con motivo del Domingo XV del tiempo ordinario, titulado: “¿De quién me puedo hacer prójimo, aquí, ahora?”, nos exhorta a preguntarnos de quién me puedo hacer prójimo, o sea,  no tanto quién es, sino, de quién puedo ser. En esto se desvela la actitud que tiene que llevar el cristiano: contemplar dónde se encuentra el necesitado para acercarse a él, curarle y llevarle a Dios, semejante a lo que hizo el buen samaritano (Lc 10, 25-27).

 

¿Como puedo ser prójimo?

 

Al buscar la manera de querer amar siendo buen prójimo, nos damos cuenta de tantas cosas que obstaculizan nuestro propósito: la indiferencia de las personas, el temor al rechazo, el qué dirán. Sin embargo, tenemos un Maestro que nos invita a amar a nuestros enemigos, e incluso, hacer el bien a los que nos odian (cf. Lc 6, 27). Aquí se puede notar que para amar no se necesita que el que está a mi lado sea de mi agrado, sino simplemente por ser hijo de Dios se merece mi amor y tolerancia. Si el amor llega a este punto simplemente con divisar una persona sentiremos el anhelo de servirle y cumplir el mandamiento del Hijo de Dios, “Amaos como yo os he amado
(Jn 13, 34).

 

Al querer ser prójimo nos podemos ver envueltos en la tentación de esperar que me ayuden o sean buenos conmigo, para luego yo actuar caritativamente. Incluso, es fácil continuar con la frase que se divulga en muchos lugares, “ya no hay nadie bueno en el mundo”. Si continuamos con ella resulta muy sencillo, porque creemos que es imposible serlo, y por lo tanto, no nos esforzamos. Veamos un ejemplo de cómo podemos fijarnos que Dios siempre pone samaritanos buenos en el camino de sus fieles. Me refiero a lo que escribió el hermano seminarista, Ernesto Torres, en la meditación para el domingo XV del tiempo ordinario. Allí decía: “Este samaritano es el que en algún momento de tu vida te vio golpeado, humillado, tirado en el camino, curó y vendó tus heridas, te tomó en los brazos y te llevó a la posada, que es la Santa Iglesia”. Esta cita ayuda a meditar que hay otras gentes que sí actúan por amor. Lo que ocurre es que estamos tan ocupados en las cuestiones diarias que no nos percatamos del paso de Dios que se manifiesta en el hermano bondadoso. Si desde la fe en Jesús damos un recorrido por el pasado, fácilmente encontraremos estos instantes, de los cuales ahora damos gracias a Dios por ellos.

 

Abramos el corazón de par en par y dejemos que el Amor inunde todo nuestro ser, para eliminar toda barrera que pueda confundir nuestro anhelo de amar y ser amados.

 

Dejemos  que el Amor nos enseñe cómo amar y qué es amar. Intimemos, y Él saciara toda nuestra sed

 

Por: Gabriel Alonso Sánchez, Seminarista, Diócesis de Arecibo

 

 

 

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