Camino al Calvario
La vida del cristiano es un peregrinar
continuo y sin detenimiento. En ella vemos como pasamos momentos
llenos de alegría, júbilo y esperanza; también en otras
ocasiones es necesario cargar con la cruz pujante y misteriosa.
En este dinamismo hermosísimo se desarrolla nuestra existencia y
queremos centrar la mirada en esos instantes en que la cruz se
nos hace casi imposible cargarla.
Este tiempo de cuaresma es uno propicio para valorar
el sentido de la cruz en nuestra vida. Si contemplamos con
detenimiento lo que pasó Jesús de Nazaret encontraremos fuerza
para tomar la cruz y hacerla oblación al Padre todopoderoso.
Jesús, durante toda su vida fue perseguido, aun siendo el Hijo
de Dios. En el momento de su nacimiento vemos como Herodes
quería matarlo, en su vida pública fue rechazado, perseguido y
sólo lo seguía la gente humilde y sencilla de corazón. No
cedieron hasta que lo condujeron a la cruz y lo crucificaron
como un maldito. Es en este transcurso que deseamos ubicarnos
para iluminar nuestra realidad de cristianos en una sociedad que
no valora el auténtico sentido de la vida.
Nuestra vida es un caminar hacia el Calvario donde
se hace necesario e indispensable tomar la cruz y seguir al
Maestro: “tomen su cruz y síganme”. La cruz no es aceptada por
todos y es ésta una de las razones por la cual no son muchas las
personas que siguen a Jesús. Sin embargo, si nos adentramos en
el misterio de la Persona de Jesús sabremos cómo proceder. Un
aspecto muy importante es el silencio. Jesús fue acusado,
condenado injustamente y supo callar aceptando la voluntad del
Padre, de dar su vida como causa de nuestra redención. Nosotros
cuando nos percatamos que estamos siendo rechazados tendemos a
alzar la voz y gritar: ¡injusticia! Sin embargo no recordamos
que la Persona que seguimos calló aun siendo Justo y Perfecto.
En este peregrinar hacia el Calvario debemos tener
la convicción de que Jesús fue el primero que cargó un madero
pesado, en donde se encontraban todos nuestros pecados, y Él
mismo va a nuestro lado luchando y reconfortándonos, para que no
nos demos por vencidos. Él nos lleva de la mano y cuando le
digamos: ¡Jesús mira el precipicio que se encuentra a mi lado o
mira las piedras gigantescas que se encuentran en mi sendero!
¿Acaso no me caeré y me será imposible levantarme? Entonces Él
nos responderá: Fíjate en mis caídas cómo las pude superar, mira
los precipicios que pase ayudado por la mano de mi Padre, porque
lo que me movía a hacer todo esto es el Amor que tengo por
ustedes, ¡levántate, camina y no temas, yo estoy a tu lado!
El amor supera toda barrera y hace posible aun lo
que pensamos que es imposible de realizar. Que éste sea el motor
de nuestra vida, que nos lleve a cargar con ánimo la cruz y
también capaces de hacer de cirineos con nuestro prójimo,
recordando los mandamientos más importantes: “Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus
fuerzas y al prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 30-31).
Si nos abandonamos en los brazos del Padre, como
lo hizo Jesús en la cruz, seremos capaces de vencer toda
contrariedad y así resucitar victoriosos al final de los días.
Por: Gabriel Alonso Sánchez, Seminarista de la Diócesis de
Arecibo