Y AHORA: ¿QUÉ DE HAITÍ?

En los días en que ocurrió el terremoto en la tierra hermana de
Haití pensaba: ¿qué ocurrirá cuando los medios de comunicación
cesen en su manifestación del desastre? ¿las personas también
cesarán en la caridad y olvidarán el suceso? Hoy estas preguntas
que me llevaban a reflexionar en el futuro toman sentido. Al
mirar el periódico constato que lo que antes ocupaba 5 ó 6
páginas ocupa sólo una o algo menos. Los afectados van quedando
un tanto olvidados en un ayer que pasó. El vuelco de solidaridad
que en un primer momento se tuvo, de hecho muy hermoso, ya hoy
va quedando como un recuerdo en la memoria. Y ¿qué hacer ante
esta realidad? La respuesta está en comprometernos como
cristianos, asumir una responsabilidad sincera y permanente ante
el dolor humano. Ser capaces de llegar a perseverar en el buen
obrar (cf. Mt 10,22), teniendo un corazón clemente y compasivo
según el querer divino.
También se hace necesario darnos cuenta que a
nuestro lado existen muchas personas olvidadas, necesitadas de
una mano amiga que atienda por ellos. Tampoco el fin es hacer
mucho, sino el detalle hacerlo por amor, y en el amor Dios lo
premiará. Nuestra sociedad necesita personas que por sus actos
hagan palpable la misericordia divina. Personas que declaren que
no es suficiente dar una limosna monetaria al que no está
físicamente a mi lado, sino que esa limosna debe llevarme a ser
consciente del compromiso que debo asumir en mi entorno.
El cristiano debe ser capaz de ser un agente de
misericordia, un anunciador del Reino particularmente mediante
su ejemplo. Pidamos a Dios que nos conceda el regalo de saber
percatarnos de la necesidad del hermano sufriente, para así
voluntariamente salir a su encuentro de una forma permanente y
sin descanso. Así nos ayude Dios.
Por: Gabriel Alonso
Sánchez – Seminarista de la Diócesis de Arecibo