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Al cabo de unos años, ¿Y ahora qué?

En agosto de 2003 comencé este proceso de formación, con la mirada puesta en el sacerdocio como medio para ayudar a los jóvenes, de la misma manera en que mi párroco lo hacía (y lo hace) conmigo y con los jóvenes de la parroquia.  No habría descubierto lo que es vivir, si no hubiera llegado al grupo de jóvenes de la parroquia, pues allí crecí como persona y como cristiano.  Estaba convencido del bien que un buen sacerdote puede hacer a las personas, especialmente en esa etapa de la vida en que uno está pensando qué hacer con ella.  ¿Qué bien mayor se le puede hacer a un joven que guiarle a descubrir a Jesucristo, en su Iglesia, como sentido de la vida?

¿Ha cambiado mi motivación para continuar en el seminario?  La verdad es que más que haber cambiado ha crecido.  Como joven que soy tengo mucha ilusión en poder ayudar como sacerdote a los jóvenes, pero ahora reconozco que el Señor me ha elegido no sólo para acercarles a Jesucristo, sino para darles a Jesucristo.  Instruirles con la Palabra como enviado particular de Él; ser guía y luz en el camino de la vida en su Nombre; darles su perdón y mostrarles su misericordia; y, como lo más grande y ante lo que se me conmueve el corazón, darles a comer su cuerpo y sangre, crucificada y resucitada, para que tengan vida eterna.  Además, el ser Padre no es sólo para los jóvenes sino para todos e implica mucho, como hemos visto.  Es propio del “padre” dar vida, y reconozco que ningún hombre es digno de ser llamado para mostrar la vida y el amor del Padre del cielo, manifestado en su Hijo muerto y resucitado, que se nos comunica por el Espíritu Santo. 

Sinceramente, en el proceso he estado convencido de que el Señor me ha elegido, es por eso que le he prestado mi barca, como Pedro, y en su nombre remaré mar adentro y echaré las redes (Lc 5).  El Señor me prometió que me daría vida eterna, es decir, ahora y para siempre; y no me ha defraudado, al contrario, la pesca ha sido milagrosa.  Me motivó entrar al seminario ver la felicidad de muchos sacerdotes, y avanzado en el proceso de formación, que ha transcurrido entre luces y sombras, puedo decir que soy feliz.  Nadie que se reconozca llamado a ser sacerdote por el Señor debe titubear, pues la seguridad en su gracia y en “que los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rm 11,29), están por encima de nuestra debilidad, que ha sido vencida en la cruz por su Amor.

 

 

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