La paradoja de “el amigo” y la soledad: necesitamos el amor
No pocas
veces las acciones que empleamos para resolver nuestros
problemas no tienen otra consecuencia que agravarlos.
Lo dice nuestro argot popular: “El remedio fue peor que
la enfermedad”. Me está curiosa la sucesión de “sencillos” que
ha puesto en promoción la sin duda talentosísima cantautora Kany
García. El primero de ellos alude a los medios que se utilizan
para sanar una necesidad afectiva, “Mi amigo en el baño”. Sin
embargo, cabría preguntarnos si una necesidad de afecto, de
trato, de amistad, de amor, pude ser satisfecha por “algo”. La
respuesta, paradójicamente, nos la ofrece la misma Kany con su
reciente canción en promoción, “Con esta soledad”: NO.
¿Cómo es que se experimenta soledad si se ha descubierto un
remedio a la falta de una relación personal?
Los seres
humanos tenemos en nuestro interior un deseo profundo de ser
amados y amar, lo que sucede es que tal vez buscamos el amor
donde no está, o lo buscamos mal, y otras tantas veces creemos
que estamos amando pero realmente no lo estamos haciendo. Para
que haya una relación de amor son necesarias tres realidades: el
“amor”, el amante y el amado. ¿Y qué es el amor? Ni pensar que
es un sentimiento, pues ¿quién siente que tiene que morir
crucificado para dar vida a otros que le han condenado? El amor
sin dar rodeos es Dios, o mejor, Dios es Amor.
He aquí el primer problema nuestro (no que Dios es Amor) sino
que queremos “hacer el amor”, y en realidad el amor no se hace,
el amor es un don: el amor se recibe, se acoge y se comparte.
Así surge la soledad, cuando queremos hacer el amor,
construirnos el amor, lo que nos lleva a medios, cosas, que,
además de ser inmorales muchas veces, son decepcionantes,
engañosas.
La segunda
realidad es el amante, que en primer lugar es el mismo “Amor”.
Dejémonos iluminar nuevamente por la Palabra: “En esto consiste
el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él
nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros
pecados” (1 Jn 4,10). Dios es el amante y nosotros los amados,
los receptores de ese amor. Y habiendo experimentado el amor de
Dios, es decir, luego de haber sido amados podemos ser amantes,
pues “si Dios
nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a
otros” (1 Jn 4,11). ¿Acaso puede dar
alguien lo que no tiene? Este amor lo experimentamos de
diversos modos. Así, quien experimenta el amor de un padre, de
un amigo, de la pareja, recibe algo del Amor del Padre del
cielo, origen y fuente de todo amor.
Hagámonos
otra pregunta, ¿por qué no satisface nuestra necesidad de amor
ninguna cosa, ningún placer sino solamente una persona? La
respuesta es sabida pero no vivida. Sólo quien participa del
amor puede amar, y ¿quiénes participan del amor sino los seres
humanos, tú y yo, creados a imagen y semejanza de Dios, del
Amor? Por lo cual el amor es posible sólo entre seres
semejantes y diversos: semejantes en la capacidad de ser amados
y amar; y diferentes e individuales, pues de lo contrario sería
egoísmo, narcisismo. Relación en este sentido es un término
plural, exige dos o más. Para amar se necesita alteridad,
“otro”. Alguien a quien amar, un “tú”, que sin embargo es
semejante pues es otro yo, otro que comparte conmigo el
ser imagen y semejanza del Amor, de Dios. Así la relación de
amor se da sólo entre personas. El amor entre los seres humanos
estriba precisamente en la semejanza; en que los demás, el
prójimo, es otro yo. Amamos a los demás porque amándoles
nos amamos, su dignidad es la nuestra: ser imagen y semejanza de
Dios y redimidos por Cristo.
Nuestras
tristezas, soledades y sin sentidos se pueden explicar desde una
sencilla verdad: nos falta el amor. Ya sea que no nos estamos
dejando amar, por Dios y por los nuestros, o que no estamos
amando. Es cierto que el ser amados por los demás no lo podemos
provocar, pero sí podemos amar a los demás, y seguramente no nos
faltará el amor. No nos faltará el amor porque si éste es
sincero derrumbará el muro de la soberbia del otro; y, más aún,
la recompensa de amar es precisamente poder amar. Estas
palabras de San Bernardo resultan iluminadoras:
“El
amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí.
Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no
requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún
provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo,
amo para amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su
principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y
sea una continua emanación de la misma” (San Bernardo, Sermón
83).
¿Cuál es el
principio y origen al que se refiere el santo? Dios, nuestro
Padre, manifestado en Cristo por la acción del Espíritu, es
decir, la Trinidad.
Es verdad que necesitamos ser amados y no podríamos sólo dar;
pues saber que hay uno, Jesucristo, que ha dado y sigue dando la
vida por amor nuestro y que nos capacita para amar como Él hasta
el extremo, y si amamos es que estamos siendo amados. Si amamos
es que el odio, el pecado y la muerte han sido vencidos; es que
hemos recibido el Espíritu de Jesucristo que le levantó del
sepulcro. ¿Acaso nuestro permanecer vivos no es una muestra de
que Dios nos está amando continuamente? ¡Cuánto quisiera que
mi vida se apoye en el amor de Dios! Y
poder decir con el apóstol: “la
vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo
de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas
2,20).
Escribo
esto no para ir en contra de la persona de Kany, ni mucho menos,
sino para decirle a ella y a todos los que han tomando unos
minutos para leer este artículo que nada ni nadie puede llenar
nuestra soledad, la de ahora y la última de nuestras vidas, sino
el Amor eterno que da sentido y alegría a nuestro hoy, nos
promete la felicidad eterna y se manifiesta en y por sus hijos.
Por: Arnaldo Ortiz Dominicci - Seminarista
de la Diócesis de Ponce