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La paradoja de “el amigo” y la soledad: necesitamos el amor

No pocas veces las acciones que empleamos para resolver nuestros problemas no tienen otra consecuencia que agravarlosLo dice nuestro argot popular: “El remedio fue peor que la enfermedad”.  Me está curiosa la sucesión de “sencillos” que ha puesto en promoción la sin duda talentosísima cantautora Kany García.  El primero de ellos alude a los medios que se utilizan para sanar una necesidad afectiva, “Mi amigo en el baño”.  Sin embargo, cabría preguntarnos si una necesidad de afecto, de trato, de amistad, de amor, pude ser satisfecha por “algo”.  La respuesta, paradójicamente, nos la ofrece la misma Kany con su reciente canción en promoción, “Con esta soledad”: NO.  ¿Cómo es que se experimenta soledad si se ha descubierto un remedio a la falta de una relación personal?

Los seres humanos tenemos en nuestro interior un deseo profundo de ser amados y amar, lo que sucede es que tal vez buscamos el amor donde no está, o lo buscamos mal, y otras tantas veces creemos que estamos amando pero realmente no lo estamos haciendo.  Para que haya una relación de amor son necesarias tres realidades: el “amor”, el amante y el amado.  ¿Y qué es el amor?  Ni pensar que es un sentimiento, pues ¿quién siente que tiene que morir crucificado para dar vida a otros que le han condenado?  El amor sin dar rodeos es Dios, o mejor, Dios es Amor[1].  He aquí el primer problema nuestro (no que Dios es Amor) sino que queremos “hacer el amor”, y en realidad el amor no se hace, el amor es un don: el amor se recibe, se acoge y se comparte.  Así surge la soledad, cuando queremos hacer el amor, construirnos el amor, lo que nos lleva a medios, cosas, que, además de ser inmorales muchas veces,  son decepcionantes, engañosas.

La segunda realidad es el amante, que en primer lugar es el mismo “Amor”.  Dejémonos iluminar nuevamente por la Palabra: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10).  Dios es el amante y nosotros los amados, los receptores de ese amor.  Y habiendo experimentado el amor de Dios, es decir, luego de haber sido amados podemos ser amantes, pues “si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn 4,11).  ¿Acaso puede dar alguien lo que no tiene?  Este amor lo experimentamos de diversos modos.  Así, quien experimenta el amor de un padre, de un amigo, de la pareja, recibe algo del Amor del Padre del cielo, origen y fuente de todo amor. 

Hagámonos otra pregunta, ¿por qué no satisface nuestra necesidad de amor ninguna cosa, ningún placer sino solamente una persona?  La respuesta es sabida pero no vivida.  Sólo quien participa del amor puede amar, y ¿quiénes participan del amor sino los seres humanos, tú y yo, creados a imagen y semejanza de Dios, del Amor?  Por lo cual el amor es posible sólo entre seres semejantes y diversos: semejantes en la capacidad de ser amados y amar; y diferentes e individuales, pues de lo contrario sería egoísmo, narcisismo.  Relación en este sentido es un término plural, exige dos o más.  Para amar se necesita alteridad, “otro”. Alguien a quien amar, un “tú”, que sin embargo es semejante pues es otro yo, otro que comparte conmigo el ser imagen y semejanza del Amor, de Dios.  Así la relación de amor se da sólo entre personas.  El amor entre los seres humanos estriba precisamente en la semejanza; en que los demás, el prójimo, es otro yo.  Amamos a los demás porque amándoles nos amamos, su dignidad es la nuestra: ser imagen y semejanza de Dios y redimidos por Cristo.

Nuestras tristezas, soledades y sin sentidos se pueden explicar desde una sencilla verdad: nos falta el amor. Ya sea que no nos estamos dejando amar, por Dios y por los nuestros, o que no estamos amando.  Es cierto que el ser amados por los demás no lo podemos provocar, pero sí podemos amar a los demás, y seguramente no nos faltará el amor.  No nos faltará el amor porque si éste es sincero derrumbará el muro de la soberbia del otro; y, más aún, la recompensa de amar es precisamente poder amar.  Estas palabras de San Bernardo resultan iluminadoras: El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo para amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma” (San Bernardo, Sermón 83). 

¿Cuál es el principio y origen al que se refiere el santo? Dios, nuestro Padre, manifestado en Cristo por la acción del Espíritu, es decir, la Trinidad.  Es verdad que necesitamos ser amados y no podríamos sólo dar; pues saber que hay uno, Jesucristo, que ha dado y sigue dando la vida por amor nuestro y que nos capacita para amar como Él hasta el extremo, y si amamos es que estamos siendo amados.  Si amamos es que el odio, el pecado y la muerte han sido vencidos; es que hemos recibido el Espíritu de Jesucristo que le levantó del sepulcro.  ¿Acaso nuestro permanecer vivos no es una muestra de que Dios nos está amando continuamente?  ¡Cuánto quisiera  que mi vida se apoye en el amor de Dios! Y poder decir con el apóstol: “la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2,20).    

Escribo esto no para ir en contra de la persona de Kany, ni mucho menos, sino para decirle a ella y a todos los que han tomando unos minutos para leer este artículo que nada ni nadie puede llenar nuestra soledad, la de ahora y la última de nuestras vidas, sino el Amor eterno que da sentido y alegría a nuestro hoy, nos promete la felicidad eterna y se manifiesta en y por sus hijos.


 

[1] Cf. 1Jn 4,8.

 

Por: Arnaldo Ortiz Dominicci - Seminarista de la Diócesis de Ponce

 

 

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