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Meditación
del Domingo de Ramos
En el Evangelio propio de este Domingo de Ramos nuestra Madre la
Iglesia nos presenta el relato de la entrada solemne de Jesús en
la ciudad de Jerusalén donde había de enfrentar los misterios
que nos dan la vida, es decir, su pasión, muerte y resurrección.
Hoy es el inicio de la Semana Santa. Todos los fieles nos
congregamos en nuestras comunidades para participar de los
misterios de nuestra salvación que el Señor nos hará presente
sacramentalmente por medio del sacerdote.
Antes de la entrada a Jerusalén
Jesús había realizado el gran milagro de la resurrección de
Lázaro provocando que muchos judíos, al enterarse de lo
sucedido, acudieran a Betania no sólo a ver a Jesús sino también
a Lázaro. Los sumos sacerdotes decidieron darle muerte también a
Lázaro “porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían
en Jesús”. (Cf. Jn 12, 11). Tú al igual que yo tienes ante la
certeza de nuestra fe cerrazón y ceguera que nos impide ver la
verdad de las palabras y acciones del Señor.
“Cuando llegó a Betfagé, junto al
monte de los Olivos, envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles:
‘Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida
encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y
traédmelos”. Jesús desea entrar en la ciudad cabalgando un asno.
Este deseo de Jesús nos puede enseñar a ser humildes pero lo que
el Señor quiere dejar saber al pueblo con este gesto mesiánico
es que se den cuenta que él es el Cristo, el Mesías, el Hijo de
David; de lo cual ya Pedro, Santiago y Juan se habían percatado.
Cuando los judíos vieron a Jesús cabalgando un asno se
percataron inmediatamente que era aquel un gesto mesiánico.
Seguramente recordaron el pasaje del profeta: “Decid hija de
Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en una asna
y un pollino, hijo de animal de yugo”. (Cf. Za 9, 9). Jesús
quiso entrar en la ciudad de esa forma para que el pueblo
supiera que él es quien da cumplimiento a esa profecía. El
entusiasmo era tal que “La gente, muy numerosa, extendió sus
mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las
tendían por el camino”. Y gritaban con júbilo: ¡”Hosanna al Hijo
de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en
las alturas!”.
Antes de esta entrada triunfal de
Jesús a la Ciudad Santa era normal que el Señor no se arrojase
el título de Mesías. Ahora, que está entrando a Jerusalén y se
encamina a su muerte libre ofrecida a Dios por la salvación de
los hombres, quiere que todos sepan que él es el Cristo, el
Mesías envidado por Dios para liberar a su pueblo del yugo del
pecado aunque los judíos no lo entendieron, pues la liberación
que esperaban del Mesías era política, del yugo imperial de
Roma, para volver a los años gloriosos de los reinados de
Israel.
Vimos que en la entrada estupenda
de Jesús el pueblo (excepto los fariseos y sumos sacerdotes) lo
recibió con vítores y festejo: lo proclamaban su salvador. Pero
cuando aquellas metas liberadoras en el campo político se fueron
esfumando llegó el desentusiasmo, la contrariedad de un
liberador que se deja pisotear la mayoría se vuelca en su contra
exigiendo su crucifixión. Es impresionante la asombrosa
facilidad que tenemos para cambiar de actitud tan radicalmente
con respecto a Jesús; debemos reflexionar humildemente en
nuestra propia volubilidad e inconsistencia respecto a nuestra
fidelidad a aquel que se ha entregado a la muerte y ha
resucitado para que tengamos vida en abundancia en el reino
eterno de nuestro Padre que tiene su inicio en la vida eclesial,
en la vivencia de los sacramentos, especialmente la eucaristía y
la reconciliación, y viviendo en comunidad de hermanos redimidos
congregados en el Día del Domingo celebrando la Pascua.
Por: José
Ernesto Torres Gómez, Seminarista-Diócesis de Ponce
Meditación del
Jueves Santo

La
Misa de la Cena del Señor es el pórtico, el inicio del Triduo
Pascual, en el que conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección
de Jesucristo. Con esta celebración comienza el Día de la
redención; sí, el Día. Hoy en la noche el sacerdote
comenzará la celebración como de costumbre, sin embargo, al
finalizar la misa, y luego de reservar la Eucaristía para la
comunión del viernes en el altar de la reposición, no despedirá
a la asamblea como de ordinario. Y esto porque el Triduo
Pascual es una sola celebración, que comienza con la
anticipación en la última cena y culmina la noche santa de la
Pascua. Aquella noche el Señor le anticipó a sus íntimos la
obra que se disponía a realizar, en el pan y el vino se hace
presente la Muerte y Resurrección de Jesús. En la segunda
lectura el Apóstol Pablo nos dice: “Pues
cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la
muerte del Señor, hasta que venga” (1 Cor 11,26).
Y así lo confesamos en la liturgia, al responder a la afirmación
del sacerdote en cuanto a lo que se ha realizado: “Anunciamos tu
muerte, proclamamos tu Resurrección, Ven señor Jesús”. Jesús
comenzará a hacer realidad la Eucaristía en el sacrificio de la
cruz, y ya el Domingo de Pascua será el Día de la Gran
Eucaristía. El Domingo de Pascua es el verdadero día de la
Eucaristía, pues la resurrección de Jesús, junto a su muerte, es
la cumbre de lo que celebramos en el sacramento del altar. Por
tanto, cada vez que participamos de la Eucaristía somos testigos
de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús; pero no como
espectadores, sino que también cada uno de nosotros recibe la
vida de Cristo alcanzada en el misterio pascual.
Además, Jesús confía a los suyos
el nuevo mandamiento del amor,
«Como yo les he amado, ámense los unos a los
otros» (Jn 13,34).
El modo de amar del cristiano ya lo sabemos,
muriendo por el otro, al modo de Jesucristo clavado en la cruz.
¿En qué situación Jesús regala este mandato? Primero, ya Judas
había salido a entregarle, y segundo, Pedro aseguraba estar
dispuesto a morir por el Maestro y se resistía a que Jesús no le
permitiera ir con Él, y de hecho se le anuncia la negación del
Señor. Esto nos enseña lo que es el amor cristiano, el ser
discípulo de Cristo: El Maestro ama, se entrega, precisamente
cuando uno de los suyos le ha traicionado, y sabiendo que el
que había hecho fundamento de su Iglesia le negaría ¿Amamos al
que nos traiciona, al que no nos ama? ¿Somos capaces de
renunciar a lo que somos y lavar los pies a los demás? Sin
embargo el amor cristiano no es mi amor a los demás por
Cristo, ni un simple imitar a Cristo. El amor cristiano es el
mismo amor de Cristo, es decir, cuando el cristiano ama, ama
Dios mismo. ¿Será esto posible? La participación en la
Eucaristía es la comunión en el amor de Cristo que le llevó a
entregarse totalmente; este amor pasa a nosotros y lo podemos
difundir. Ser cristiano es ante todo aceptar y celebrar en la
Eucaristía la muerte y la Resurrección de Cristo, de modo que
se convierta en nuestro paso de la muerte a la vida nueva en
Cristo, que nos hace capaces de amar como él nos ha amado con su
mismo amor. El don de la Eucaristía es la gran esperanza para
el hombre que se siente incapaz de llegar a Dios, pues es Dios
mismo, Cristo, que nos ha unido a su entrega al Padre. Y si él
nos ha querido hacer parte de su amor, el mundo tiene esperanza,
pues el amor de Cristo sigue presente hoy.
La noche del Jueves Santo Jesús
instituye el sacerdocio para hacerse presente entre nosotros, de
modo visible, (con las palabras “Hagan esto en conmemoración
mía”). El sacerdote hace presente a Jesucristo. Cristo nos
habla, nos dirige y nos da si vida a través de los sacerdotes.
Por esto ser sacerdote vale la pena, pues el sacerdote
sencillamente hace presente a Cristo, vencedor de la muerte; a
Cristo que ama hasta el extremo. Los sacerdotes son el medio
por el cual Cristo ha querido darnos su vida, de modo que los
sacerdotes son presencia esperanzadora para el mundo, pues por
ellos recibimos la vida de Cristo, por la cual participamos de
la victoria sobre el pecado y la muerte, y podemos amar hasta el
extremo. Si la Resurrección de Cristo es la gran alegría que
puede llenar nuestras vidas y transformar al mundo, ser
sacerdote es el mayor regalo que Dios puede hacer a un hombre.
Por:
Arnaldo Ortiz Dominicci, Seminarista-Diócesis de Ponce
Meditación del
Viernes Santo
Llegados al
Calvario
La Iglesia en este día celebra la
muerte de Cristo, causa de nuestra redención. Si contemplamos un
poco el camino que hemos recorrido durante la cuaresma nos damos
cuenta que es una preparación interior fuerte, para llegar a
vivir el misterio de la salvación. En la cristiandad, como bien
sabemos, el culmen es la triunfante resurrección de Jesucristo.
Sin embargo, a ella no podemos llegar si no pasamos por el
tormento de la cruz, por el abandonarnos totalmente en las manos
de un Padre que juzga rectamente y que nunca nos ha de
abandonar. La cruz en el peregrinar del creyente es la medicina
diaria con la que se purifica la vida manchada por el pecado.
Sin la bendita cruz la vida no tiene sentido, porque es en ella
donde se acrisola lo que Jesús ha amado hasta el extremo, la
persona humana. Repasando lo que Jesús pasó por abrirnos las
puertas de la casa paterna y cumplir definitivamente la voluntad
del Padre, tenemos muchos puntos en los cuales podemos centrar
la mirada, pero ahora haremos alusión a algunos de ellos. Hoy es
el día en que llegamos a la cumbre del amor, al monte del dolor
máximo, al desprendimiento total de sí para el bien de la
humanidad. Hermanos, estamos contemplando la escuela del amor
divino y vamos a dejarnos instruir por ella. Este llegar al
Calvario significa que hemos sabido callar para escuchar la voz
de Dios que nos ha ido fortaleciendo y animando, significa el
aceptar ser rechazados por las masas, el despojarnos de las
cosas superfluas que nos atan a este mundo pasajero. El ser
clavados en el monte del amor, junto a la cruz del Maestro,
observando el desprecio del pueblo y saber decir: “Padre,
perdónalos porque no saben lo que hacen”. Es dar el paso
definitivo, el último, el más costoso, cuando pensamos que Dios
nos ha abandonado y ya no vale la pena nada de lo que hacemos,
cuando no tenemos fuerzas para caminar y nos damos cuenta que
nadie vela por nosotros. Ahí es que, como Jesús tenemos que
exclamar con el grito del amor que traspasa cualquier frontera:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”; cuando lleguemos a
este estado será Dios quien tome el rumbo de nuestra vida, ya
que Él mismo va a ser quien nos guiará por caminos de santidad y
justicia. No es fácil llegar, pero con la gracia de Dios no hay
duda que lo podemos lograr.
Seamos testimonio vivo
de que el amor no tiene límites. Quien conoce a Dios y se deja
sumergir en la hoguera del amor divino le encontrará sentido a
dar la vida por cumplir el mandamiento mayor: “Amar a Dios sobre
todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”.
Por:
Gabriel
Alonso Sánchez, Seminarista de la Diócesis de Arecibo
Meditación del V Domingo de Cuaresma
Si crees
verás la gloria de Dios
La
Iglesia nos presenta en este quinto domingo de
cuaresma, a través de San Juan, la resurrección
de Lázaro. Dentro de toda la narración les
invito a adentrarnos en la pregunta que el Señor
hace a Marta: “¿No te he dicho que si crees
verás la gloria de Dios?” De primera impresión
podemos ver que Jesús, al ver la dureza de
corazón, le hace esta pregunta a Marta, porque
Marta duda, tiene el corazón encerrado en la
tristeza de la muerte de su hermano Lázaro, y no
confía en las maravillas que puede hacer el
Señor. Al igual que Jesús le pidió a Marta y
Maria que movieran la loza del sepulcro, muchas
veces, y tal vez sin darnos cuenta, el Señor nos
pide que nos descubramos tal cual somos, que nos
quitemos la loza que impide que nos encontremos
con El. Y nosotros respondemos muy humanos,
como Marta, diciendo que no hay caso, que las
cosas están como están. Pero el Señor va siempre
mas allá, El quiere llegar a nuestros corazones.
Cuantas veces Jesús ha dicho ante nuestras
actitudes de indiferencia y pesimismo: “¿No te
he dicho que si crees veras la gloria de Dios?
En verdad ¿nosotros creemos?” Muchas veces
parece que no, pues si verdaderamente creyéramos,
no cuestionaríamos al Señor. No cuestionemos al
Señor, dejemos que El haga lo que tiene que
hacer. ¡Creamos en el Señor! Dejemos que el
Señor que abra nuestros sepulcros, El nos quiere
resucitar para darnos vida nueva.
Por:
Omar O. Soto Torres,
seminarista de la Diócesis de Ponce
Meditación del IV Domingo de Cuaresma
Muchos ciegos
«Para un juicio he venido a este mundo: para que
los que no ven, vean, y los que ven, se queden
ciegos…Si estuvierais ciegos, no tendríais
pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado
persiste.»
Con estas palabras concluye el Señor el
evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma.
Éste es conocido comúnmente como el evangelio
del “ciego de nacimiento”. Sin embargo,
podríamos decir que no se trata de un solo
ciego, sino de muchos ciegos; de esta manera
estaríamos ante el Evangelio de “los ciegos”,
entre los que, tal vez, podemos contarnos
nosotros.
Además del ciego de nacimiento, podemos ver cómo
los distintos personajes que aparecen en el
evangelio sufren de ceguera. Primeramente,
tenemos a los discípulos, viendo sólo el pecado
donde se puede manifestar la gloria de Dios.
También tenemos a las vecinos y a los que antes
solían verlo, quienes no quieren creer que se ha
realizado un milagro. Además, están los
fariseos, los cuales, aferrados a su ley, a sus
costumbres y posiciones cómodas, son capaces
hasta de castigar al que los quiere sacar de su
ceguera. Quedan también los padres “del que
había sido ciego”, estos tienen una ceguera
voluntaria “por miedo a los judíos”. Y en medio
de tanta ceguera, entre tanta oscuridad, está
Jesús ansioso por ofrecerles la luz que ha
venido a traer al mundo, por sacarlos de la
ceguera por la que se están sumergiendo en la
oscuridad del pecado.
En esa oscuridad nos sumergimos también
nosotros, los que, se supone, hemos conocido a
Jesucristo. Nosotros también estamos ciegos y lo
peor de todo es que nos creemos que vemos. Nos
comportamos como ciegos cada vez que juzgamos a
los que no viven, actúan o piensan como
nosotros. Somos ciegos cuando no nos damos
cuenta de aquellos que necesitan de nosotros,
que en ocasiones están tan cerca (hermano,
pareja, hijos, vecinos, etc.), y metidos en
nuestros asuntos pasamos de largo ante sus
necesidades. Estamos sin vista cuando, por
defender nuestros ideales políticos, nuestro
estatus social o económico, nuestras costumbres
o nuestros apegos, somos capaces hasta de herir,
humillar y aplastar -a veces inconscientemente-
al que nos quiera quitar algo de esto, o
simplemente piense distinto de nosotros. Por
esto, este domingo el Señor nos invita a
descubrir la luz que él nos viene a traer. Que
veamos que la oscuridad de nuestro pecado, de
nuestro egoísmo, será iluminada con la claridad
de la presencia y de la palabra que nos trae
Jesucristo.
Tanto la luz como el agua son dos elementos
necesarios para la vida. Tanto así que una
planta para crecer lo que necesita es luz y
agua, del mismo modo el ser humano no puede
vivir sin luz como tampoco puede vivir sin agua.
Esto es una de las grandezas de nuestro Dios,
que se hizo verdadero hombre. Así, como el
domingo pasado nos ofreció un agua que saciaría
toda nuestra sed (evangelio de la Samaritana),
hoy nos ofrece una luz que iluminará toda
nuestra vida, se nos ofrece como la Luz del
mundo. De este modo nos va llevando
progresivamente por este camino cuaresmal y se
presentará la próxima semana como la Vida
(evangelio de la resurrección de Lázaro). Pero
hoy, Él nos invita a recorrer el camino del
“ciego de nacimiento”, por el cual
progresivamente le vamos descubriendo hasta
exclamar: “¡Creo, Señor!” que tu eres la luz de
mi vida. Y este descubrimiento del Señor nos
debe llevar a ser luz y, como vemos en la
segunda lectura, a “caminar como hijos de la luz
(toda bondad, justicia y verdad)”. Por esto, le
pedimos al Señor que ilumine nuestro espíritu
con la claridad de su gracia, para que nuestros
pensamientos sean dignos de Él y aprendamos a
amarle de todo corazón” (oración después de la
comunión).
Por:
Jayson Orsini
Baéz, Seminarista de la Diócesis de Ponce
MEDITACIÓN DEL TERCER DOMINGO DE
CUARESMA
"CON JESÚS, SEAMOS SURTIDORES DE
AGUA VIVA"
Ya de lleno en este tiempo cuaresmal, nos vamos acercando
hasta la Pascua. En estos próximos tres domingos, incluido el de
hoy, vamos a escuchar tres importantes catequesis bautismales:
la Samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la
resurrección de Lázaro, con los signos bautismales de agua, luz
y vida, respectivamente. Hoy nos corresponde el relato de la
Samaritana.
En
el Evangelio de hoy, Jesús se fatiga como nosotros, como el
pueblo de Israel en el desierto. Jesús está cansado después de
un largo viaje y se sienta. Jesús se ha fatigado en el viaje por
ti. San Agustín, comentando este pasaje del Evangelio, nos dice
que “vemos que Jesús es la fortaleza y le vemos débil, porque
"con su fortaleza nos creó y con su debilidad nos buscó"”. Es
curioso, muchas veces queremos "buscar a Dios", cuando es Él el
que nos busca a nosotros, se hace el encontradizo como ocurrió
con la samaritana. La samaritana es símbolo del hombre que no
consigue apagar su sed. Vamos de pozo en pozo buscando esa agua
que apague la sed que nos tortura, pero al final seguimos con
más sed, con más deseos, con más necesidades.
El
hombre tiene ansia de profundidad y de plenitud. No hay nada ni
nadie en este mundo que pueda llenar totalmente su vacío. Sólo
puede ser feliz saliendo de lo superficial y buscando lo
trascendente. Muchas veces buscamos por caminos equivocados,
quedándonos en las cosas terrenas. Hay en nosotros sed de
felicidad, deseo de alcanzar el sentido de nuestra vida. La
mujer samaritana había buscado también la felicidad, pero no la
encontró. Sólo cuando Jesús se acerca a ella y le ofrece "el
agua viva" descubre el secreto.
Sólo necesitamos una cosa: ir a Jesús, creer en Jesús y
pedirle de beber a Jesús como la mujer samaritana que le
dice "Señor, dame de ese agua: así no tendré más sed". El
secreto de la felicidad es aceptar el amor que Jesucristo te
ofrece y responder con amor confiado. Creer en El es abrirte a
Él para que viva en ti y te dejes transformar por Él. Creer en
Jesús es beber de los ríos que brotan de su corazón puro y
santo. ¡Si conocieses el don de Dios! El don de Dios es el
Espíritu Santo. Jesús está diciendo a la samaritana que ha
empezado un tiempo nuevo, el tiempo del Espíritu, que olvide ya
sus dioses y su culto en el monte Garizín, porque el culto que
Dios quiere es "en espíritu y en verdad". El Maestro le propone
que crea en Él para obtener los frutos del Espíritu. Esto mismo
te está diciendo a ti en este tercer domingo de Cuaresma; pero
tienes que convencerte que sólo Jesús puede apagar tu sed.
Pídele con fe: "dame de esa agua viva". Y Él te dirá: Tómala y
te hará un gran surtidor (un gran chorro)
que salta hasta la vida eterna.
Por:
Gerardo Eugenio Caraballo Galindo, Seminarista - Diócesis de
Mayagüez
MEDITACIÓN DEL SEGUNDO DOMINGO DE
CUARESMA
La Transfiguración
Jesús se
transfiguró delante de sus discípulos; sobre esto nos habla el
Evangelio de este Segundo Domingo de Cuaresma. Es importante
recordar que antes de que pasara el suceso de la
transfiguración, ya Jesús les había anunciado a sus discípulos
todo lo que Él tenía que padecer. Además les dice, que si alguno
quería ir detrás de Él, tenían que renunciar a sí mismo y tomar
su cruz.
Estas palabras
pueden sonar difíciles para quien espera de Jesús un
superhombre. A los discípulos les resultaba difícil ver o
imaginar a un Jesús sufriente, vencido, humillado, indefenso,
silencioso y muerto, por lo que sintieron miedo y confusión al
escuchar estas palabras. Era necesario que Jesús aclarara su
confusión, que confortara su fe, que los llenara de esperanza y
que les indicara el camino al que se dirigían. Sería absurdo
dirigirnos a algún lugar sin saber a dónde, buscar algo sin
saber qué. El que no conoce la meta a la que se dirige, la
inseguridad e incertidumbre lo carcome y lo detiene, mientras
que el que la conoce, corre con firmeza por el camino y busca
los medios para alcanzarla.
La vida del
cristiano es un peregrinar hacia el Cielo, es decir, hacia la
meta, pero es una vía que pasa por la Cruz y el sufrimiento.
Nosotros al igual que los discípulos no podemos cambiar la
propuesta de Jesús. La Cruz y el sufrimiento no son sino los
medios de purificación y perfeccionamiento del hombre, pues como
dice un proverbio chino: "como el diamante no se puede
pulir sin frotamientos, las personas no se pueden perfeccionar
sin padecimientos". Lo divino, lo eterno, lo
trascendente, no lo entendemos si no es subiendo a la montaña.
Nunca comprenderemos lo del cielo mientras estemos aferrados a
las cosas de la tierra. Por eso la necesaria ayuda de la gracia
y la llamada personal de Jesús, para que en la intimidad se nos
manifieste y nos descubra el sentido de las cosas. Cuando
deseamos ardientemente llegar a un lugar, lo más que nos debe
importar en ese momento es llegar; si el camino es único para
llegar a la meta, aunque sea con reservas, lo tomamos si
verdaderamente deseamos llegar al lugar. Yo quiero llegar a la
meta, al cielo, y si Jesús me ha indicado el camino ¿a que le
debo temer si ya sé cual es la meta?
Claro, cuando
nuestra vida solo se fija en lo terreno, cuando lo fácil y
cómodo se hace parte de nuestra vida, ¿quién quiere pensar en la
Cruz y el sufrimiento? Es lo más sencillo. Hombres y mujeres
mediocres que no piensan en lo eterno, se conforman con lo
momentáneo y pasajero. Por eso sienten miedo, por eso la
confusión, se han olvidado de la meta, caminan sin saber a dónde
se dirigen.
Las
preocupaciones, los afanes, las pruebas y dificultades de
nuestra vida pueden desviar nuestra mirada de la meta a la que
nos dirigimos. Los deseos, las circunstancias y las intenciones
podrían convertirse en obstáculos en nuestra carrera cuando sin
prepararnos deseamos competir en el evento de la vida.
Jesús muestra la
meta a sus discípulos para que permanezcan en carrera; les
anticipa, les prepara, les orienta, para que ante la prueba no
sucumban. Él les muestra el cielo para que sigan firmes en la
tierra. Era necesario mostrarles la meta, quitarles el miedo y
aclarar su confusión, para que luego de subir al Tabor puedan
bajar fortalecidos para las pruebas y trabajos de la vida.
Por:
Juan Carlos Rivera Medina, Seminarista
de la Diócesis de Ponce
MEDITACIÓN DEL PRIMER DOMINGO DE
CUARESMA
Cuaresma tiempo de desierto y de gracia
Comenzamos el tiempo litúrgico de Cuaresma. Éste, como su mismo
nombre indica, implica un período de 40 días, tiempo que
transcurre desde el Miércoles de Cenizas hasta el Jueves Santo
cuando comienza el Triduo Pascual con la Misa de la Cena del
Señor o comúnmente conocida como Misa de lavatorio de los pies.
Ahora bien, cabe preguntarse: ¿qué es la cuaresma? Para muchos
cristianos la cuaresma significa un tiempo de sacrificios,
austeridad, abstinencia, sobriedad, el no poder hacer ciertas
cosas, etc. Para otros es simplemente algo más, un periodo
impuesto por la Iglesia antes de la fiesta de Pascua. Mientras
que para algunos este tiempo no es ni significa nada.
Sin embargo, para el creyente la cuaresma es un tiempo de gracia,
un tiempo de ser amado y amar. Ser amado por Dios, que se
encarnó por amor y nos libera por amor. Tiempo en que se le
brinda al hombre un nuevo camino, se le llama a comenzar
nuevamente; se le abren las puertas de par en par, invitándosele
a llenar el vacío de su vida y a ser liberado de la esclavitud
del pecado. Es un tiempo de conversión, de volver la mirada a
Dios, fuente de la felicidad, y experimentar la gracia del amor
salvador. Un amor real y sincero, accesible y dispuesto a darse
hasta la muerte.
Cuaresma es un tiempo de desierto. Vemos en este domingo cómo
Jesús fue impulsado por el Espíritu Santo al desierto,
permaneciendo allí 40 días y 40 noches. El desierto, desde un
punto de vista espiritual, representa ese espacio en el que
puedo encontrarme con Dios y a estar a solas con Él. Es ese
tiempo de gracia en el que se nos incita a entrar en nosotros, a
reflexionar sobre quiénes y qué somos, a experimentar nuestra
fragilidad, nuestro dolor y vacío, ver cómo estamos respondiendo
al amor de Dios y, por tanto, volver nuestra mirada y nuestra
vida a Él.
No obstante, en este desierto cuaresmal no estamos solos, Jesús
nos acompaña. Es nuestro guía, nos invita e impulsa a hablar
con Dios, a reconciliarnos con Él. Se nos revela como ese nuevo
Moisés, que guía a su pueblo por el desierto durante estos
cuarenta días.
Sin embargo, en este proceso seremos tentados al igual que lo
fue Jesús. Somos y seremos tentados por medio del hambre:
“si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en
panes” (Mt 4,3). Cabe preguntarse: ¿de cuál pan está
hablando? ¿Cuál es el pan de nuestra tentación? ¿Acaso no será
el materialismo exagerado en el que vivimos? ¿Ese lamentable
comprar y gastar porque no puedo ser menos que nadie o carecer
de lo que los demás tienen? Pero, ¿de qué vale tener comodidades
y recursos materiales sino tenemos a Dios en nuestras vidas?
¿De qué sirve los tesoros mundanos si carecemos del Tesoro de
los tesoros? Recordemos, por tanto, “que no sólo de pan vive
el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).
Somos y seremos tentados a través de milagros y prodigios:
“si eres hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito:
«Ordenará a sus ángeles que cuiden de ti, que te lleven en las
manos para que no tropiece tu pie con ninguna piedra»” (Mt
4,6). Ésta es una tentación muy frecuente entre nosotros.
Queremos, tantas veces, manipular el poder divino para conseguir
favores, lograr propósitos o metas personales. ¡Qué poca
confianza tenemos en Dios, en su gracia y misericordia! Esto se
nota mucho en nuestra oración. ¿Cuántas veces no rezamos como
si estuviéramos ante un mago? Dame esto, te pido aquello,
concédeme lo otro, etc. Y conste, pedir a Dios ayuda no está
mal. Pero, cuando nuestra visión de Dios es la de un mago,
verdaderamente nuestra relación con Él es pobre. Y no se diga
que cuando no se consigue de Dios las cosas que queremos y en el
momento en que las queremos, recurrimos a formas o medios no muy
católicos que digamos, tales como: el engaño, la extorsión, el
oportunismo, la mentira, la manipulación, los adivinos y
santeros, etc.
En tercer lugar, seremos tentados por el poder. Es decir, el
ansia de imponer nuestros criterios y nuestras formas de pensar.
Entiéndase, también, el deseo que se haga lo que yo digo, cuando
lo digo y como lo digo.
Finalmente, en este proceso Jesús nos llama a dejar el pecado y
sus seducciones a un lado: a ser libres, a confiar, a dejarnos
salvar de las garras de Satanás. ¡Ojala que en esta cuaresma nos
dejemos transformar por ese amor liberador y salvador! ¡Qué
María Madre dolorosa nos auxilie en este camino!
Por: Carlos
Francis Méndez Laracuente, Seminarista de la Diócesis de Mayaguez
MEDITACIÓN DEL TERCER DOMINGO DE
CUARESMA
"CON JESÚS, SEAMOS SURTIDORES DE
AGUA VIVA"
Ya de lleno en este tiempo cuaresmal, nos vamos acercando
hasta la Pascua. En estos próximos tres domingos, incluido el de
hoy, vamos a escuchar tres importantes catequesis bautismales:
la Samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la
resurrección de Lázaro, con los signos bautismales de agua, luz
y vida, respectivamente. Hoy nos corresponde el relato de la
Samaritana.
En
el Evangelio de hoy, Jesús se fatiga como nosotros, como el
pueblo de Israel en el desierto. Jesús está cansado después de
un largo viaje y se sienta. Jesús se ha fatigado en el viaje por
ti. San Agustín, comentando este pasaje del Evangelio, nos dice
que “vemos que Jesús es la fortaleza y le vemos débil, porque
"con su fortaleza nos creó y con su debilidad nos buscó"”. Es
curioso, muchas veces queremos "buscar a Dios", cuando es Él el
que nos busca a nosotros, se hace el encontradizo como ocurrió
con la samaritana. La samaritana es símbolo del hombre que no
consigue apagar su sed. Vamos de pozo en pozo buscando esa agua
que apague la sed que nos tortura, pero al final seguimos con
más sed, con más deseos, con más necesidades.
El
hombre tiene ansia de profundidad y de plenitud. No hay nada ni
nadie en este mundo que pueda llenar totalmente su vacío. Sólo
puede ser feliz saliendo de lo superficial y buscando lo
trascendente. Muchas veces buscamos por caminos equivocados,
quedándonos en las cosas terrenas. Hay en nosotros sed de
felicidad, deseo de alcanzar el sentido de nuestra vida. La
mujer samaritana había buscado también la felicidad, pero no la
encontró. Sólo cuando Jesús se acerca a ella y le ofrece "el
agua viva" descubre el secreto.
Sólo necesitamos una cosa: ir a Jesús, creer en Jesús y
pedirle de beber a Jesús como la mujer samaritana que le
dice "Señor, dame de ese agua: así no tendré más sed". El
secreto de la felicidad es aceptar el amor que Jesucristo te
ofrece y responder con amor confiado. Creer en El es abrirte a
Él para que viva en ti y te dejes transformar por Él. Creer en
Jesús es beber de los ríos que brotan de su corazón puro y
santo. ¡Si conocieses el don de Dios! El don de Dios es el
Espíritu Santo. Jesús está diciendo a la samaritana que ha
empezado un tiempo nuevo, el tiempo del Espíritu, que olvide ya
sus dioses y su culto en el monte Garizín, porque el culto que
Dios quiere es "en espíritu y en verdad". El Maestro le propone
que crea en Él para obtener los frutos del Espíritu. Esto mismo
te está diciendo a ti en este tercer domingo de Cuaresma; pero
tienes que convencerte que sólo Jesús puede apagar tu sed.
Pídele con fe: "dame de esa agua viva". Y Él te dirá: Tómala y
te hará un gran surtidor (un gran chorro)
que salta hasta la vida eterna.
Por:
Gerardo Eugenio Caraballo Galindo, Seminarista - Diócesis de
Mayagüez
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MEDITACIÓN DEL SEGUNDO DOMINGO DE
CUARESMA
La Transfiguración
Jesús se
transfiguró delante de sus discípulos; sobre esto nos habla el
Evangelio de este Segundo Domingo de Cuaresma. Es importante
recordar que antes de que pasara el suceso de la
transfiguración, ya Jesús les había anunciado a sus discípulos
todo lo que Él tenía que padecer. Además les dice, que si alguno
quería ir detrás de Él, tenían que renunciar a sí mismo y tomar
su cruz.
Estas palabras
pueden sonar difíciles para quien espera de Jesús un
superhombre. A los discípulos les resultaba difícil ver o
imaginar a un Jesús sufriente, vencido, humillado, indefenso,
silencioso y muerto, por lo que sintieron miedo y confusión al
escuchar estas palabras. Era necesario que Jesús aclarara su
confusión, que confortara su fe, que los llenara de esperanza y
que les indicara el camino al que se dirigían. Sería absurdo
dirigirnos a algún lugar sin saber a dónde, buscar algo sin
saber qué. El que no conoce la meta a la que se dirige, la
inseguridad e incertidumbre lo carcome y lo detiene, mientras
que el que la conoce, corre con firmeza por el camino y busca
los medios para alcanzarla.
La vida del
cristiano es un peregrinar hacia el Cielo, es decir, hacia la
meta, pero es una vía que pasa por la Cruz y el sufrimiento.
Nosotros al igual que los discípulos no podemos cambiar la
propuesta de Jesús. La Cruz y el sufrimiento no son sino los
medios de purificación y perfeccionamiento del hombre, pues como
dice un proverbio chino: "como el diamante no se puede
pulir sin frotamientos, las personas no se pueden perfeccionar
sin padecimientos". Lo divino, lo eterno, lo
trascendente, no lo entendemos si no es subiendo a la montaña.
Nunca comprenderemos lo del cielo mientras estemos aferrados a
las cosas de la tierra. Por eso la necesaria ayuda de la gracia
y la llamada personal de Jesús, para que en la intimidad se nos
manifieste y nos descubra el sentido de las cosas. Cuando
deseamos ardientemente llegar a un lugar, lo más que nos debe
importar en ese momento es llegar; si el camino es único para
llegar a la meta, aunque sea con reservas, lo tomamos si
verdaderamente deseamos llegar al lugar. Yo quiero llegar a la
meta, al cielo, y si Jesús me ha indicado el camino ¿a que le
debo temer si ya sé cual es la meta?
Claro, cuando
nuestra vida solo se fija en lo terreno, cuando lo fácil y
cómodo se hace parte de nuestra vida, ¿quién quiere pensar en la
Cruz y el sufrimiento? Es lo más sencillo. Hombres y mujeres
mediocres que no piensan en lo eterno, se conforman con lo
momentáneo y pasajero. Por eso sienten miedo, por eso la
confusión, se han olvidado de la meta, caminan sin saber a dónde
se dirigen.
Las
preocupaciones, los afanes, las pruebas y dificultades de
nuestra vida pueden desviar nuestra mirada de la meta a la que
nos dirigimos. Los deseos, las circunstancias y las intenciones
podrían convertirse en obstáculos en nuestra carrera cuando sin
prepararnos deseamos competir en el evento de la vida.
Jesús muestra la
meta a sus discípulos para que permanezcan en carrera; les
anticipa, les prepara, les orienta, para que ante la prueba no
sucumban. Él les muestra el cielo para que sigan firmes en la
tierra. Era necesario mostrarles la meta, quitarles el miedo y
aclarar su confusión, para que luego de subir al Tabor puedan
bajar fortalecidos para las pruebas y trabajos de la vida.
Por:
Juan Carlos Rivera Medina, Seminarista
de la Diócesis de Ponce
__________________________________________________
MEDITACIÓN DEL PRIMER DOMINGO DE
CUARESMA
Cuaresma tiempo de desierto y de gracia
Comenzamos el tiempo litúrgico de Cuaresma. Éste, como su mismo
nombre indica, implica un período de 40 días, tiempo que
transcurre desde el Miércoles de Cenizas hasta el Jueves Santo
cuando comienza el Triduo Pascual con la Misa de la Cena del
Señor o comúnmente conocida como Misa de lavatorio de los pies.
Ahora bien, cabe preguntarse: ¿qué es la cuaresma? Para muchos
cristianos la cuaresma significa un tiempo de sacrificios,
austeridad, abstinencia, sobriedad, el no poder hacer ciertas
cosas, etc. Para otros es simplemente algo más, un periodo
impuesto por la Iglesia antes de la fiesta de Pascua. Mientras
que para algunos este tiempo no es ni significa nada.
Sin embargo, para el creyente la cuaresma es un tiempo de gracia,
un tiempo de ser amado y amar. Ser amado por Dios, que se
encarnó por amor y nos libera por amor. Tiempo en que se le
brinda al hombre un nuevo camino, se le llama a comenzar
nuevamente; se le abren las puertas de par en par, invitándosele
a llenar el vacío de su vida y a ser liberado de la esclavitud
del pecado. Es un tiempo de conversión, de volver la mirada a
Dios, fuente de la felicidad, y experimentar la gracia del amor
salvador. Un amor real y sincero, accesible y dispuesto a darse
hasta la muerte.
Cuaresma es un tiempo de desierto. Vemos en este domingo cómo
Jesús fue impulsado por el Espíritu Santo al desierto,
permaneciendo allí 40 días y 40 noches. El desierto, desde un
punto de vista espiritual, representa ese espacio en el que
puedo encontrarme con Dios y a estar a solas con Él. Es ese
tiempo de gracia en el que se nos incita a entrar en nosotros, a
reflexionar sobre quiénes y qué somos, a experimentar nuestra
fragilidad, nuestro dolor y vacío, ver cómo estamos respondiendo
al amor de Dios y, por tanto, volver nuestra mirada y nuestra
vida a Él.
No obstante, en este desierto cuaresmal no estamos solos, Jesús
nos acompaña. Es nuestro guía, nos invita e impulsa a hablar
con Dios, a reconciliarnos con Él. Se nos revela como ese nuevo
Moisés, que guía a su pueblo por el desierto durante estos
cuarenta días.
Sin embargo, en este proceso seremos tentados al igual que lo
fue Jesús. Somos y seremos tentados por medio del hambre:
“si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en
panes” (Mt 4,3). Cabe preguntarse: ¿de cuál pan está
hablando? ¿Cuál es el pan de nuestra tentación? ¿Acaso no será
el materialismo exagerado en el que vivimos? ¿Ese lamentable
comprar y gastar porque no puedo ser menos que nadie o carecer
de lo que los demás tienen? Pero, ¿de qué vale tener comodidades
y recursos materiales sino tenemos a Dios en nuestras vidas?
¿De qué sirve los tesoros mundanos si carecemos del Tesoro de
los tesoros? Recordemos, por tanto, “que no sólo de pan vive
el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).
Somos y seremos tentados a través de milagros y prodigios:
“si eres hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito:
«Ordenará a sus ángeles que cuiden de ti, que te lleven en las
manos para que no tropiece tu pie con ninguna piedra»” (Mt
4,6). Ésta es una tentación muy frecuente entre nosotros.
Queremos, tantas veces, manipular el poder divino para conseguir
favores, lograr propósitos o metas personales. ¡Qué poca
confianza tenemos en Dios, en su gracia y misericordia! Esto se
nota mucho en nuestra oración. ¿Cuántas veces no rezamos como
si estuviéramos ante un mago? Dame esto, te pido aquello,
concédeme lo otro, etc. Y conste, pedir a Dios ayuda no está
mal. Pero, cuando nuestra visión de Dios es la de un mago,
verdaderamente nuestra relación con Él es pobre. Y no se diga
que cuando no se consigue de Dios las cosas que queremos y en el
momento en que las queremos, recurrimos a formas o medios no muy
católicos que digamos, tales como: el engaño, la extorsión, el
oportunismo, la mentira, la manipulación, los adivinos y
santeros, etc.
En tercer lugar, seremos tentados por el poder. Es decir, el
ansia de imponer nuestros criterios y nuestras formas de pensar.
Entiéndase, también, el deseo que se haga lo que yo digo, cuando
lo digo y como lo digo.
Finalmente, en este proceso Jesús nos llama a dejar el pecado y
sus seducciones a un lado: a ser libres, a confiar, a dejarnos
salvar de las garras de Satanás. ¡Ojala que en esta cuaresma nos
dejemos transformar por ese amor liberador y salvador! ¡Qué
María Madre dolorosa nos auxilie en este camino!
Por: Carlos
Francis Méndez Laracuente, Seminarista de la Diócesis de Mayaguez
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